Alaska, 15 de julio de 2009Lo recordé viendo a
Rafa en el vídeo
MUSEO DEL TIEMPO, un proyecto de José Antonio Portillo donde los niños guardan sus objetos más queridos bajo tierra. Recordé el libro Momo, que corría por casa pero que no acabé de leer nunca. No volví a leer nada de Ende. Tampoco leí a Tolkien, a pesar de las entusiastas recomendaciones de mis amigos. Claro que en esos tiempos mi hermano mayor nos leía a Lovecraft y yo tenía muy claro que su escritura gótica y aterradora le daba mil vueltas al rollo de los anillos. Luego leí a Poe, y ahí se quedó mi incursión en la literatura fantástica (sin contar las novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefania que traía mi padre , donde las balas rebotaban como pelotas).
Desde entonces otros ladrones empezaron a robar mi tiempo: Auster, Kundera, Shakespeare, Cortazar, García Márquez, Kureishi, Roth. Hasta que, sobre los treinta y pico, no sabría decir cómo, dejé de leer novelas. Coincidió con el descubrimiento de Pla, los reportajes de Kapuscinski y Gourevitch, o los ensayos de Sagan, Sacks, Dawkins o Pinker. Descubrir a gente que escribía como los mejores novelistas, pero explicaba cosas reales, hizo (no sabría decir si "por fortuna", o, "desgraciadamente") que se me atragantará cualquier relato de ficción. Ese plus de realidad sigue ganando hasta hoy, quizás a consta de una pizca de placer.
Podríamos decir que los tipos mencionados arriba son ladrones de tiempo positivos. Los ladrones de tiempo benefactores nos alegran la vida, tengan un valor de uso o no lo tengan. Hoy en día, con la manía de estar ocupados todo el día, hay que reivindicar el poder perder el tiempo como a uno le dé la gana: sea tumbado en el sofá, viendo la tele, mirando a las musarañas, o leyendo, claro.
Sin embargo, profesionalmente hablando, vale la pena estar atento a los ladrones, porque nos impiden trabajar bien ofreciendo muy poco a cambio. En todo lo que se refiere a gestión del tiempo, el concepto ladrones de tiempo ha hecho fortuna.
Hay ladrones que son lugares. Hace unos años trabajé en una especie de despacho-pasadizo, con una fotocopiadora cerca. Eso significaba que todo el personal del ayuntamiento, amablemente, eso sí, te saludaba, o te preguntaba por el fin de semana cada vez que hacían fotocopias. Y tú venga, con la sonrisa puesta intentando ser amable. El resultado era que no había manera de concentrarse, y trabajabas al 50% de tus posibilidades.
Hay muchos ladrones del tiempo y cuesta identificarlos: Los emails, por ejemplo. ¿Hace falta abrir, como yo hacía al principio, veinte veces el mismo correo, o basta con abrirlo al principio y al final del día?. Por no hablar de los emails con musiquita y poesía confuciana barata que te envían tus amigos para que los reenvíes a no sé cuantos más.
Gestionar el tiempo es una tarea muy difícil. Los pequeños detalles son importantes: tener una hoja de registro, o un folio donde anotar todas las tareas para ir tachando las que haces, ordenar la mesa, no atender, salvo urgencias, a las personas que no piden cita previa, etc. Es evidente que los principales ladrones de tiempo somos nosotros mismos, con nuestras acciones.
También la gestión del tiempo es importante en los grandes detalles: una mala planificación de las reuniones es siempre un ladrón de tiempo, no exigir que el otro venga preparado a la reunión también lo es, o las entrevistas demasiado largas, o responder a todos los rumores, o no delegar, o no controlar las llamadas, o no separar lo urgente y lo importante de lo banal.
En fin, lo más complicado es identificar a los ladrones de tiempo que nos complican el día y ser implacable con ellos. Ser implacable con uno mismo, en definitiva. A veces a costa de que a uno le digan que es un poco raro o estirado.
Pero sin pasarse. Las necesidades personales, el ritmo de cada uno y las relaciones con los demás vale la pena conservarlas, respetarlas y cuidarlas, digan lo que digan los manuales del ejecutivo de éxito. Un kit kat, por ejemplo, no es un ladrón de tiempo. O sí que lo es, pero en positivo. Todos necesitamos desconectar, ir a tomar un café, comentar que ha hecho el Sporting, mirar gilipolleces de Internet o hablar de qué va la última peli que hemos visto. La creatividad surge muchas veces en esos momentos. Los jefes del tipo hipercontrolador (por fortuna he tenido pocos) no pueden aceptar esto. Pero es porque son malos jefes. No entenderán nunca que en una empresa no es más eficiente quien disimula mejor.
Pintura: Michelle Araujo