viernes 24 de julio de 2009

CALOR EN ALASKA

Alaska, 24 de julio de 2009,
Justo ahora que ha entrado un viento sahariano, típico de Alaska, se estropea el aire acondicionado.
El secreto, que aprendí de la serie Kung fu, está en mantener la posición lagarto, esto es, sin mover apenas un músculo. Eso también lo sabe Y, la primera entrevista del día. Así que hablamos de sus cosas, sin dejar que el sudor de las sienes brote en cascada libre.
Pequeños saltamontes en un pequeño pueblo de Alaska.

Sobre las 10h viene X, un joven de 14 años. La primera vez que hablé con él, hace unos seis meses, ni me miró. No era mala educación, es que no podía. Se sentaba de lado, mirando al suelo y sin pronunciar palabra, medio encorvado, como un viejo. Hoy ha sido diferente. No sólo es que me mire a los ojos, es que me habla y se desahoga. No ha sido fácil. Primero: entender que las cosas que uno quiere cuestan un esfuerzo. Sí, chaval, bienvenido al mundo real. Para conseguir lo que quieres tenemos que comenzar por cambiar tu postura corporal. Pero no sólo porque una determinada posición corporal signifique una cosa u otra, que también, sino por algo que ya saben los que se dedican al teatro: el gesto construye al personaje, casi tanto como lo que dice. Con la espalda erguida, con los pulmones llenos de oxigeno, es más fácil sentirse otro, un otro mucho más seguro, menos derrotado. Luego se trata de dejar que fluyan las palabras.
El nuevo X ha dado un paso de gigante para que los adultos de su entorno le tomen en serio. Y no han hecho falta las cámaras de Hermano Mayor para conseguirlo.

A las 12h entra Eli, la administrativa, y me dice "Quique, sal fuera a fumar un cigarro o algo, que te vas a ahogar". Salgo fuera, aunque no fumo, y a los cinco minutos pasa por allí la señora P, una señora muy mayor, que me dice que le ayude a saltar por la ventana, que se ha dejado la llave dentro. Estas cosas sólo pasan en Alaska. La Eli se ríe, y yo voy contento, con una sensación extraña. Es como si por primera vez en todo el día estuviera ayudando a alguien de verdad. Quiero decir, ayudando en algo palpable, porque a veces, con tanto plan de trabajo, objetivos, indicadores, y todo lo demás, me pierdo. Esto es más fácil: se trata de subir una persiana polvorienta. También me siento como el personaje de una novela costumbrista.

Ha sido un año muy duro. La crisis está haciendo mucho daño. Como dice mi hermana,que es como la voz del pueblo, "parece que hace falta que te estés muriendo para que te ayuden". Creo que el problema no son las ayudas puntuales, que son sólo parches y hasta pueden crear dependencia. No es un problema de servicios sociales, es el Estado de Bienestar que tenemos, que es bastante pobre: con los precios de los alquileres y las hipotecas, con lo que cuestan los libros, con los precios de las guarderías o las pocas facilidades para la formación y el estudio, es normal que las familias se reboten.

Pero la vida es bella. La semana que viene me voy a pescar salmones montado en un reno. Volveré el 7 de agosto.

miércoles 15 de julio de 2009

LADRONES DEL TIEMPO



Alaska, 15 de julio de 2009
Lo recordé viendo a Rafa en el vídeo MUSEO DEL TIEMPO, un proyecto de José Antonio Portillo donde los niños guardan sus objetos más queridos bajo tierra. Recordé el libro Momo, que corría por casa pero que no acabé de leer nunca. No volví a leer nada de Ende. Tampoco leí a Tolkien, a pesar de las entusiastas recomendaciones de mis amigos. Claro que en esos tiempos mi hermano mayor nos leía a Lovecraft y yo tenía muy claro que su escritura gótica y aterradora le daba mil vueltas al rollo de los anillos. Luego leí a Poe, y ahí se quedó mi incursión en la literatura fantástica (sin contar las novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefania que traía mi padre , donde las balas rebotaban como pelotas).

Desde entonces otros ladrones empezaron a robar mi tiempo: Auster, Kundera, Shakespeare, Cortazar, García Márquez, Kureishi, Roth. Hasta que, sobre los treinta y pico, no sabría decir cómo, dejé de leer novelas. Coincidió con el descubrimiento de Pla, los reportajes de Kapuscinski y Gourevitch, o los ensayos de Sagan, Sacks, Dawkins o Pinker. Descubrir a gente que escribía como los mejores novelistas, pero explicaba cosas reales, hizo (no sabría decir si "por fortuna", o, "desgraciadamente") que se me atragantará cualquier relato de ficción. Ese plus de realidad sigue ganando hasta hoy, quizás a consta de una pizca de placer.

Podríamos decir que los tipos mencionados arriba son ladrones de tiempo positivos. Los ladrones de tiempo benefactores nos alegran la vida, tengan un valor de uso o no lo tengan. Hoy en día, con la manía de estar ocupados todo el día, hay que reivindicar el poder perder el tiempo como a uno le dé la gana: sea tumbado en el sofá, viendo la tele, mirando a las musarañas, o leyendo, claro.

Sin embargo, profesionalmente hablando, vale la pena estar atento a los ladrones, porque nos impiden trabajar bien ofreciendo muy poco a cambio. En todo lo que se refiere a gestión del tiempo, el concepto ladrones de tiempo ha hecho fortuna.
Hay ladrones que son lugares. Hace unos años trabajé en una especie de despacho-pasadizo, con una fotocopiadora cerca. Eso significaba que todo el personal del ayuntamiento, amablemente, eso sí, te saludaba, o te preguntaba por el fin de semana cada vez que hacían fotocopias. Y tú venga, con la sonrisa puesta intentando ser amable. El resultado era que no había manera de concentrarse, y trabajabas al 50% de tus posibilidades.

Hay muchos ladrones del tiempo y cuesta identificarlos: Los emails, por ejemplo. ¿Hace falta abrir, como yo hacía al principio, veinte veces el mismo correo, o basta con abrirlo al principio y al final del día?. Por no hablar de los emails con musiquita y poesía confuciana barata que te envían tus amigos para que los reenvíes a no sé cuantos más.
Gestionar el tiempo es una tarea muy difícil. Los pequeños detalles son importantes: tener una hoja de registro, o un folio donde anotar todas las tareas para ir tachando las que haces, ordenar la mesa, no atender, salvo urgencias, a las personas que no piden cita previa, etc. Es evidente que los principales ladrones de tiempo somos nosotros mismos, con nuestras acciones.

También la gestión del tiempo es importante en los grandes detalles: una mala planificación de las reuniones es siempre un ladrón de tiempo, no exigir que el otro venga preparado a la reunión también lo es, o las entrevistas demasiado largas, o responder a todos los rumores, o no delegar, o no controlar las llamadas, o no separar lo urgente y lo importante de lo banal.
En fin, lo más complicado es identificar a los ladrones de tiempo que nos complican el día y ser implacable con ellos. Ser implacable con uno mismo, en definitiva. A veces a costa de que a uno le digan que es un poco raro o estirado.

Pero sin pasarse. Las necesidades personales, el ritmo de cada uno y las relaciones con los demás vale la pena conservarlas, respetarlas y cuidarlas, digan lo que digan los manuales del ejecutivo de éxito. Un kit kat, por ejemplo, no es un ladrón de tiempo. O sí que lo es, pero en positivo. Todos necesitamos desconectar, ir a tomar un café, comentar que ha hecho el Sporting, mirar gilipolleces de Internet o hablar de qué va la última peli que hemos visto. La creatividad surge muchas veces en esos momentos. Los jefes del tipo hipercontrolador (por fortuna he tenido pocos) no pueden aceptar esto. Pero es porque son malos jefes. No entenderán nunca que en una empresa no es más eficiente quien disimula mejor.


Pintura: Michelle Araujo

viernes 10 de julio de 2009

SUEÑOS

Alaska, 9 de julio de 2009
Verano. El Tour, el gazpacho, la playa (quien la tenga). La mayoría de profesores, exhaustos, ya están de vacaciones. En los ayuntamientos los más atrevidos se atreven con las bermudas. Hay diferencia de opiniones al respecto. Yo me las he puesto alguna vez, aunque confieso que me siento un poco más indefenso con las pantorrillas al aire. Supongo que depende del lugar de trabajo. A mí, por ejemplo, un policía con bermudas me da un poco de risa. Pero son cosas a las que uno se acaba acostumbrando.
Tiempo de propósitos profesionales. A veces pequeños: intentar que mi mesa no sea tan caótica, poner un tablón para colgar las notas, etc. Cosas tan sencillas que no acabo de ponerme nunca. Casi siempre tienen que ver con el orden y con los ladrones de tiempo (otro día hablaré de eso).
Tiempo también para los propósitos más ambiciosos. Los sueños. Creo que vale la pena arriesgarse en proyectos de envergadura, que ilusionen a la gente y que dejen huella. No digo que se tenga que ser un kamikaze, que hay muchos por ahí, pero cuando uno nota que está preparado, hay que lanzarse. Si es que de verdad se tienen ganas.
Hay un momento de tu vida profesional en que te nutres, escuchas, lees, te formas, adquieres experiencia y vas sabiendo que lo de aprender es para siempre. Pero también llega el día en que intuyes que ya tienes algo que ofrecer, algo así como la suma de lo que has aprendido más tu huella personal (también hay gente que se salta el primer paso, el de formarse, y quiere ofrecerlo todo a las primeras de cambio, vendiendo moto tras moto. Pero eso es otro tema).
Hay un momento, no un día que te levantas, no, ni una luz, nada de eso, algo gradual, hay un momento, digo, en que te ves preparado y te atreves a sentarte en el otro lado. El otro lado, para unos, será dirigir y diseñar un proyecto, dar una conferencia o escribir un artículo. Para otros será rodar un corto, montar una asociación, u opinar por primera vez en la reunión de supervisión que tanto temía.
Compruebas que las cosas, si pones empeño, acaban saliendo.
En mi caso, ya lo sabéis, además de otras historias donde ando metido, me he tirado de cabeza a participar en este proyecto teatralblog con la compañía Factoría Los Sánchez. Ver como algo que nace de una conversación, en un bareto de barrio, entre cervezas y olivas, va poco a poco creciendo, tomando forma, hasta convertirse en un espectáculo donde la gente ríe, llora, se emociona, se aburre (los menos, jeje) discrepa o aplaude, es algo apasionante. Te hace creer en las enormes posibilidades de cualquier equipo humano que ponga su energía y su ilusión en un objetivo.
Vale la pena. Vale la pena probar y probarse. Quitarse los miedos y saltar a la piscina. Se trata de participar en la creación de alguna cosa y sentirse vivo.
Y si lo has dado todo, si has sido honesto y aún así fracasas, el único reproche que te puedes hacer, si es que quieres hacerte alguno, es el de no volverte a levantar.
PD: juro que no me estoy leyendo ningún libro de autoayuda.

lunes 6 de julio de 2009

¡MÁS ESTADO!

Ha venido la persona responsable de Cáritas a desayunar conmigo. Teresiña está de vacaciones. Yo he pedido un mini de jamón y una cerveza sin alcohol. Ella pide un agua. Lleva el bocata de casa, envuelto en papel de plata. Por ahorrar, supongo, como yo hago a veces. O por marketing, vete a saber.
Dice ella, coincidiendo con El País en un artículo de ayer mismo, que están desbordados. Cada vez viene más gente a pedir y ellos tienen lo mismo para dar. Diez contra uno (que nunca he sabido muy bien que coño significa, pero queda dabuten en las pelis) a que desbordados gana en el ranking de palabrejas que usamos en este gremio.
¿Porqué en época de vacas flacas es Cáritas quien da la cara ante los medios, pero la administración no dice ni mú? ¿No tiene datos, ni memorias, ni gráficos? ¿Dónde están los periodistas con sus micrófonos y su incordio?
En fin, tanta historia sobre dejar de lado el asistencialismo, tanta teoría y tanto cuento para que cuando vienen tiempos difíciles de verdad los servicios sociales conviertan la ayuda en caridad.
Pues claro que cuando no hay para comer el asistencialismo es necesario. La carne, la leche y el pan lo son. Pero el Estado (y los ayuntamientos lo son) debería gestionar el asistencialismo y no humillar a sus ciudadanos.

Hubo un momento de la historia en que el Estado delegó muchas de sus responsabilidades hacía las entidades sin ánimo de lucro o ONG. Parece que se desprendió bien de sus obligaciones, porque las ONG aparecieron como la panacea ante una maquinaria burocrática e incapaz. Era el no va más de la progresía y lo alternativo (alternativo, otra palabreja a la que se le presupone un valor añadido ante el que nadie osa toser)

A mi me parece muy mal que el Estado delegue cosas que le competen, como la alimentación de las familias más empobrecidas, o el cuidado de los menores desamparados. Estoy en facebook y tengo un blog, pero en eso soy un antiguo, qué vamos a hacerle.
Pero ya que lo hace, lo de delegar digo, podría supervisar un poco más, sobre todo cuando es él el que pone la pasta.
Donde supervisar quiere decir, entre otras cosas, pedir cuentas de lo que esas organizaciones hacen, pero también dotarlas de los recursos necesarios para que puedan hacerlo. Evitar la precariedad laboral en esas entidades privadas y velar para que el trabajo que realicen sea exquisito. Y la que no funcione se le cierra el grifo. ¿No trata de eso la ley de mercado que defienden los que defienden la privatización de los servicios sociales?. Pues que se apliquen el cuento.
Pero ¿qué va a hacer la administración si es la primera que permite que dentro de su casa se den diferencias salariales entre los trabajadores, según los contrate ella misma, o los subcontrate a través de otra entidad?
Sí, ya sé, ya sé, me disperso. Empiezo con un tema y acabo, casi no sé ni cómo, en otro.
Pero hace calor y no es cuestión de dar la brasa. Acabamos hablando en el bar de algo más ligero: "¿cuando haces las vacaciones?" "¿A donde vas?" y también "¿estás en facebook o en twitter?" que son como los Juegos Reunidos Jeiper de ahora, versión 2.0.