Alaska, 19 de septiembre de 2009,
Querido R:
No sé si te acuerdas de aquel profesor, Savat creo que se llamaba, que nos levantaba de la silla agarrándonos por las patillas, o nos pegaba un reglazo en la punta de los dedos cuando le venía en gana. Tú eras muy pequeño. Quizás recuerdes más al Cenutrio. Para entonces Franco llevaba bastantes años muerto y a los sádicos les costaba más refugiarse en la pedagogía. Quitando alguna ostia que otra, el Cenutrio sólo se atrevía a tirarnos tizas o el borrador o a gritarnos por la mañana: ¡paralíticos! . Su manera de darnos los buenos días.
Ahora, Esperanza Aguirre quiere que los profesores sean considerados una autoridad pública, una medida pensada para recuperar la autoridad perdida en el aula.
Entre estos dos momentos parece que haya pasado una eternidad. La que va de promulgar leyes que defendieran a los alumnos, a otras que nos defienden de ellos.
¿Qué ha pasado?
Eso me pregunto yo. Me da la impresión de que cuando uno forma parte de la historia le es mucho más difícil entenderla. Simplemente la va viviendo.
Pero bueno, yo juego con ventaja. Yo escribo en un blog, no en un periódico o en una revista científica. Los escritores de blogs, ya se sabe, podemos escribir lo que nos dé la gana, por eso hay tanta maravilla y tanta porquería en Internet, a partes iguales.
Osea, que puedo relajarme. Puedo, por ejemplo, dejar que contesten a los porqué o que hagan sus generalizaciones los profesionales a los que pagan para ello, mejor preparados y con muchos más elementos que yo, y dedicarme a explicar cosas que veo, o que se me ocurren, sin más pretensión que esa.
Cuando me acerco a la realidad, abstrayéndome un poco de las teorías que pretenden explicarla, veo a alumnos trabajadores, respetuosos con sus profesores, con sus padres y con los demás adultos, y también veo a alumnos cafres, vagos, insolentes y malcarados, que insultan a sus padres y no respetan a sus profesores. Tengo que tener cuidado. Por mi profesión, veo a bastantes de los segundos y podría pensar que esa es la totalidad, cuando sólo es una parte de ella.
En fin, que con este lío, no hay forma de aprehender la realidad.
¿Entonces? Entonces es que hay de todo, claro, como siempre. Los alumnos de ahora son, más como humanos que como alumnos, igual que hace treinta o cuarenta años (la evolución no ha tenido tiempo de cambiarnos mucho). Pero las circunstancias sí que cambian, y ahora, como hace treinta o cuarenta años, los alumnos se adaptan a lo que tienen delante. Todo va tan rápido que hasta las teorías tienen que ir adaptándose y lo que explicaban ayer ya no sirve para mañana. Los jóvenes se hacen fotos, porque tienen cámara digital y fotolog, y chatean porque tienen messenger. Antes (cuando antes significa sólo antes de la crisis) eran unos malcriados que lo tenían todo, y ahora saben que este invierno no tendrán las Nike. Si los adultos les dan amor, autoridad o dedicación, por decir algo, suelen ser una cosa, y si lo que reciben es desprecio, irresponsabilidad o infantilismo, suelen ser otra cosa que cuando menos te lo esperas te raya el coche o te da una patada en el culo.
Cuando hablo con un joven que insulta o veja a sus padres o a sus profesores, en los casos en los que no hay problemas de salud o de personalidad importantes, observo, en muchísimos casos, que parte del sistema al que pertenece, comenzando por los padres, han hecho dejación de sus responsabilidades. De la misma forma que cuando hablo con un joven que hace todo lo contrario, observo normalmente mucho esfuerzo y mucho tesón por parte de los adultos. Nada es gratuito. No esgrimo ninguna estadística, ni estoy descubriendo la sopa de ajo. Pero es que mi trabajo, el de ayudar a producir cambios, es así de sencillo, de obvio, y de difícil.
No sé cómo ni cuando pasó exactamente, pero la sociedad (y la sociedad también incluye al profesorado) fue decidiendo restar autoridad a los profesores. No hay que rasgarse las vestiduras, muchos fuimos dando nuestro beneplácito casi sin darnos cuenta: los técnicos, creando una burbuja protectora para los niños, a veces excesiva y paranoica; los padres, dueños de hijos intocables; muchos modelos educativos excesivamente permisivos; y la misma escuela.
Seguramente no era la única manera de erradicar a los Cenutrios de la enseñanza, pero se hizo así.
¿Ves R.? Sin querer estoy generalizando, buscando respuestas globales. Siendo reduccionista. La realidad no es, aunque te parezca contradictorio, como la acabo de pintar ahí arriba. Y por eso mismo, porque escribo en un blog y me puedo ahorrar el pontificar sobre nada, puedo decir que todo es mucho más complejo que eso. Un mundo son siempre muchos mundos y a mi se me escapan las respuestas.
Tú conoces, y yo también, escuelas, alumnos, y padres que funcionan como una seda. Profesores respetados por sus alumnos porque se respetan a ellos mismos. Quizás fueron en los noventa un poco a contracorriente (aunque ahora, visto lo visto, sean casi la vanguardia), pero eso que tienen ganado. Porque una cosa es el discurso de época, las teorías, los intentos explicativos, y otra son las personas con nombres y apellidos, capaces de llevar la contraria o de convertir una excepción en norma.
Pero te hablaba de la Esperanza, que es lo último que se pierde. Cuando la sociedad, cuando el conjunto de ciudadanos de un país, una ciudad, un pueblo o un barrio, se infantiliza, no puede quejarse luego de que se busque en el amparo de la ley y el orden lo que no ha sabido defender como un adulto.
Un abrazo.