martes 29 de septiembre de 2009

EDUCADOR SOCIAL. CENTROS DE MENORES

Centros de menores. Hace bastantes años trabajé en uno. El equipo profesional era excelente. Las condiciones en las que estaban los menores del centro de protección también. Luego, por mi trabajo actual, he visitado otros. Pero mi opinión sobre ellos es anecdótica e irrelevante.

Los centros de menores vuelven a ser noticia. Las noticias aparecen y desaparecen, como el Guadiana. El seguimiento mediático a los informes de febrero del Defensor del Pueblo es bastante pobre. No descarto que el poco interés de la prensa se deba en parte a la ausencia de imágenes. El periodista y el lector de hoy necesitan imágenes para mobilizarse, pero aquí no hay prostitutas follando en las calles. Faltan adultos y faltan fotos. La imagen de los menores está protegida y eso, paradógicamente, los hace vulnerables.

Ante las denuncias del Defensor del Pueblo y de sus homólogos autonómicos, algunos responsables de Infancia respondieron negando las acusaciones. Está bien que la gente se defienda, pero me parece inadmisible que ante acusaciones tan graves entre funcionarios del Estado la cosa quede, como si dijéramos, en tablas.

Una de las condiciones de la democracia es que el poder no se concentre en un solo lugar. En el caso de los menores tutelados el equilibrio entre poderes es más frágil: la familia es el Estado. Un equilibrio complicado: exige ser a la vez el mismo que protege al menor y el que protege al menor de ti.

Por supuesto que existen mecanismos de control. El Defensor del Pueblo es uno, la prensa, los propios profesionales que trabajan en los centros o en los departamentos de Infancia y, en última instancia, la Justicia. De hecho estos mecanismos están dando sus frutos y algunos centros donde se demostraron negligencias graves, como el de Villaconejos (Cuenca), han sido clausurados. Pero sigue resultando perverso que se deje únicamente en manos del mismo departamento denunciado la solución de un problema que a veces ni tan sólo reconoce.

Por eso creo que hacen falta inspecciones o auditorías independientes que hagan un diagnóstico certero sobre cada centro. Saber la verdad cuesta un riñón, lo sé, pero al menos que se gaste el dinero público en temas relevantes. Falta transparencia, porque la transparencia mejora las instituciones pero también corta cabezas.

Desde luego también hace falta una regulación clara de los centros de menores: difícil evaluar algo si no se tienen indicadores de lo que está bien o de lo que está mal. No estaría de más que los responsables de las autonomías unificaran criterios sobre tipologías de centros, ratios, profesionales, métodos disciplinarios, normas, accesos a los centros, costos, etc. Una especie de pacto donde la voz de los técnicos fuese relevante. ¿Ciencia ficción? Digo yo que los niños de Extremadura, Andalucía o Cataluña se parecen bastante como para poder llegar a acuerdos en este tema.

Hace tiempo que los educadores sociales y los colegios profesionales reclaman más profesionales y más recursos. La externalización de los servicios, me temo que imparable, no debería significar lo que significa en muchos casos: precariedad laboral y precariedad educativa.

Aunque de nada serviría aumentar los recursos sin un pacto que los ordene.








domingo 27 de septiembre de 2009

EDUCADOR SOCIAL (2)

Alaska, 27 de septiembre de 2009,
Dice hoy el cirujano Cavadas, en una entrevista en El País, que "las subvenciones y los subsidios generan vagos". Hace unos años, Omu Anzala, director del proyecto "Iniciativa de Kenia para la Vacuna contra el Sida" en una entrevista con el periodista John Carlin, señalaba que " “El peligro de la institucionalización de la ayuda alimentaría es que crea dependencia de los países desarrollados (…) el resultado es que la gente se limita a esperar sentada en toda África”.
Vuelvo a España. En época de crisis, cuando la frase gastada "quien no trabaja es porqué no quiere" se vuelve más gastada y más mentirosa que nunca, los subsidios y las subvenciones parecen el único salvavidas al que agarrarse.
Difícil tema para los servicios sociales, que tienen que readaptar sus discursos con los vaivenes de la economía. A más crisis, más asistencialismo, mal que nos pese. Ya puedo estar yo de acuerdo con Cavadas y con Anzala, pero con cuatro millones de parados hay que reconocer que los vagos son los menos. Y es que la gente ni encuentra trabajo ni llega a final de mes. Difícil también para los técnicos, que tienen que gestionar ayudas económicas e intentar que esas ayudas no generen dependencia, uno de sus caballos de batalla (aunque algunas ayudas son tan pírricas que el peligro se reduce). Difícil cuando las que llaman a su puerta son las, hasta hace muy poco, clases media y media-baja, primeros interesados en recuperar su autonomía. Difícil luchar para que la gente no tire la toalla, cuando tiene el ejemplo de un gobierno errático cuya únicas propuestas tienen que ver con las ayudas, las subvenciones y los parches.
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Los periodos de crisis económica son propicios también para utopías y utópicos. Leo y oigo viejos argumentos: la crisis como oportunidad, los nuevos paradigmas, el hombre nuevo que superará el capitalismo, la falta de valores e ideologías, etc.
No se me da bien la futorología. Las crisis del capitalismo son cíclicas y no me parece ver mucha alternativa en el horizonte. Yo , que soy más pragmático que idealista, al menos espero que esta crisis mejore los mecanismos de control de las instituciones, sobre todo para controlar a políticos corruptos y ejecutivos mangantes que se aprovechan de las épocas de vacas gordas y del dinero público y privado. A lo mejor es que sí que soy más idealista de lo que me gustaría reconocer.

Respecto a las otras utopías, confieso que me pierdo. Estoy leyendo Koba El temible, de Martin Amis . Dice de los utopistas: "El utopista activo, el perfeccionador, desde el comienzo mismo, siente una furiosa animadversión por la ineludible realidad de la imperfectibilidad humana".
Dice Amis que todo el mundo ha oído hablar de Auschwitz pero nadie sabe nada sobre Vorkutá. A lo mejor es por eso que se sigue creyendo en utopías maximalistas.
Pero eso es otro tema del que hablaré cuando acabe el libro. Me quedan sólo veinte páginas.
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La obra de teatro está a punto de iniciar su gira por "Alaska". En octubre visita Reus, Vinarós y Valencia, y en noviembre Bilbao (una oportunidad para saludar a los amigos y vecinos de Educablog), Vic y Nules, en Castellón. Más información en el blog de la compañía Factoría Los Sánchez y en su grupo en facebook.

viernes 18 de septiembre de 2009

EDUCADOR SOCIAL

Alaska, 19 de septiembre de 2009,
Querido R:
No sé si te acuerdas de aquel profesor, Savat creo que se llamaba, que nos levantaba de la silla agarrándonos por las patillas, o nos pegaba un reglazo en la punta de los dedos cuando le venía en gana. Tú eras muy pequeño. Quizás recuerdes más al Cenutrio. Para entonces Franco llevaba bastantes años muerto y a los sádicos les costaba más refugiarse en la pedagogía. Quitando alguna ostia que otra, el Cenutrio sólo se atrevía a tirarnos tizas o el borrador o a gritarnos por la mañana: ¡paralíticos! . Su manera de darnos los buenos días.
Ahora, Esperanza Aguirre quiere que los profesores sean considerados una autoridad pública, una medida pensada para recuperar la autoridad perdida en el aula.
Entre estos dos momentos parece que haya pasado una eternidad. La que va de promulgar leyes que defendieran a los alumnos, a otras que nos defienden de ellos.
¿Qué ha pasado?
Eso me pregunto yo. Me da la impresión de que cuando uno forma parte de la historia le es mucho más difícil entenderla. Simplemente la va viviendo.
Pero bueno, yo juego con ventaja. Yo escribo en un blog, no en un periódico o en una revista científica. Los escritores de blogs, ya se sabe, podemos escribir lo que nos dé la gana, por eso hay tanta maravilla y tanta porquería en Internet, a partes iguales.
Osea, que puedo relajarme. Puedo, por ejemplo, dejar que contesten a los porqué o que hagan sus generalizaciones los profesionales a los que pagan para ello, mejor preparados y con muchos más elementos que yo, y dedicarme a explicar cosas que veo, o que se me ocurren, sin más pretensión que esa.
Cuando me acerco a la realidad, abstrayéndome un poco de las teorías que pretenden explicarla, veo a alumnos trabajadores, respetuosos con sus profesores, con sus padres y con los demás adultos, y también veo a alumnos cafres, vagos, insolentes y malcarados, que insultan a sus padres y no respetan a sus profesores. Tengo que tener cuidado. Por mi profesión, veo a bastantes de los segundos y podría pensar que esa es la totalidad, cuando sólo es una parte de ella.
En fin, que con este lío, no hay forma de aprehender la realidad.
¿Entonces? Entonces es que hay de todo, claro, como siempre. Los alumnos de ahora son, más como humanos que como alumnos, igual que hace treinta o cuarenta años (la evolución no ha tenido tiempo de cambiarnos mucho). Pero las circunstancias sí que cambian, y ahora, como hace treinta o cuarenta años, los alumnos se adaptan a lo que tienen delante. Todo va tan rápido que hasta las teorías tienen que ir adaptándose y lo que explicaban ayer ya no sirve para mañana. Los jóvenes se hacen fotos, porque tienen cámara digital y fotolog, y chatean porque tienen messenger. Antes (cuando antes significa sólo antes de la crisis) eran unos malcriados que lo tenían todo, y ahora saben que este invierno no tendrán las Nike. Si los adultos les dan amor, autoridad o dedicación, por decir algo, suelen ser una cosa, y si lo que reciben es desprecio, irresponsabilidad o infantilismo, suelen ser otra cosa que cuando menos te lo esperas te raya el coche o te da una patada en el culo.
Cuando hablo con un joven que insulta o veja a sus padres o a sus profesores, en los casos en los que no hay problemas de salud o de personalidad importantes, observo, en muchísimos casos, que parte del sistema al que pertenece, comenzando por los padres, han hecho dejación de sus responsabilidades. De la misma forma que cuando hablo con un joven que hace todo lo contrario, observo normalmente mucho esfuerzo y mucho tesón por parte de los adultos. Nada es gratuito. No esgrimo ninguna estadística, ni estoy descubriendo la sopa de ajo. Pero es que mi trabajo, el de ayudar a producir cambios, es así de sencillo, de obvio, y de difícil.
No sé cómo ni cuando pasó exactamente, pero la sociedad (y la sociedad también incluye al profesorado) fue decidiendo restar autoridad a los profesores. No hay que rasgarse las vestiduras, muchos fuimos dando nuestro beneplácito casi sin darnos cuenta: los técnicos, creando una burbuja protectora para los niños, a veces excesiva y paranoica; los padres, dueños de hijos intocables; muchos modelos educativos excesivamente permisivos; y la misma escuela.
Seguramente no era la única manera de erradicar a los Cenutrios de la enseñanza, pero se hizo así.
¿Ves R.? Sin querer estoy generalizando, buscando respuestas globales. Siendo reduccionista. La realidad no es, aunque te parezca contradictorio, como la acabo de pintar ahí arriba. Y por eso mismo, porque escribo en un blog y me puedo ahorrar el pontificar sobre nada, puedo decir que todo es mucho más complejo que eso. Un mundo son siempre muchos mundos y a mi se me escapan las respuestas.
Tú conoces, y yo también, escuelas, alumnos, y padres que funcionan como una seda. Profesores respetados por sus alumnos porque se respetan a ellos mismos. Quizás fueron en los noventa un poco a contracorriente (aunque ahora, visto lo visto, sean casi la vanguardia), pero eso que tienen ganado. Porque una cosa es el discurso de época, las teorías, los intentos explicativos, y otra son las personas con nombres y apellidos, capaces de llevar la contraria o de convertir una excepción en norma.
Pero te hablaba de la Esperanza, que es lo último que se pierde. Cuando la sociedad, cuando el conjunto de ciudadanos de un país, una ciudad, un pueblo o un barrio, se infantiliza, no puede quejarse luego de que se busque en el amparo de la ley y el orden lo que no ha sabido defender como un adulto.
Un abrazo.

jueves 10 de septiembre de 2009

PRÁCTICUMS

Este curso he decidido no tener como tutor a ningún alumno de prácticas. Tengo en mente bastantes proyectos y no iba a poder dedicarle el tiempo que se merece.
Hasta ahora he tenido cinco, en años intermitentes. La primera alumna creo que pagó mi bisoñez. Espero, si me lee alguna vez, que me perdone. Aún así, creo que apreció los esfuerzos que le dedicaba.
Con los otros cuatro, que me pillaron bastante más asentado, la experiencia fue muy buena.
Soy muy responsable en mi trabajo y, por extensión, en la parte que me toca de la formación de futuros educadores. Además, tener un prácticum es una oportunidad única para ponerte al día. Tú aportas la experiencia y el alumno la frescura, además de saber lo último que se cuece, se lee o se debate en la universidad.
Yo a mis alumnos les he pedido siempre que me den caña, es decir, que pregunten, que cuestionen, que evalúen cada día el trabajo que estamos haciendo. Eso me ha obligado a un esfuerzo descomunal para tener al día los principios teóricos, el modelo educativo, para justificar y explicar mis acciones. Aún así, más de una vez, y más de dos, me han pillado en falso. Y es que, y esto también es un aprendizaje, en esta profesión no acabas nunca de aprender del todo.
Eso sí, también les he dado caña yo, también les he dicho que aprendan a escuchar, que se esfuercen en aprender, que trabajen duro, que no piensen que lo saben todo ni tengan soluciones de manual para un trabajo que es muy complejo.
En general (me lo han dicho ellos) creo que la experiencia les ha gustado tanto como a mí.
Si la experiencia con los prácticums ha sido muy enriquecedora no puedo decir lo mismo de los profesores universitarios que han dirigido esas prácticas. Salvo un par de excepciones, sólo les he visto al principio (para firmar el contrato de prácticas), y al final, para despedirse. Una forma muy vaga de supervisar a tu alumno. Vaga de vago. Pero eso no es lo peor. Algunos futuros educadores sociales, compañeros de mis alumnos, hacían prácticas en lugares donde ¡no había educadores sociales!, o como monitores de lo que sea. Ignoro si era una práctica generalizada, pero decía mucho de como se tomaban esos profesores a sus alumnos y a la profesión: a cachondeo.
Además de la observación del día a día (¿han probado a hacer entrevistas con alguien observando y apuntando todo lo que pasa, mientras sientes su aliento en tu cogote?), de recordar la importancia de saber escuchar, de respetar al ciudadano, de ser responsable, etc. siempre he tratado de transmitir algunas ideas, a modo de memes, a mis alumnos. Son muy sencillas.
Una es que hay que leer, leer, leer, y leer. Libros sobre la profesión, pero sobre todo libros que expliquen el mundo y las relaciones humanas. Hay que leer periódicos, por supuesto. Leer, leer, leer, leer, leer y leer.
La segunda también es muy sencilla aunque requiere un poso de tiempo y aprendizaje y un plus de ganas. Es más expuesta y hay que dosificarse: tienen que escribir, escribir, escribir y escribir. No hace falta que se escriba mucho, pero que se escriba. Al menos una vez en la vida (profesional). Si esta profesión quiere hacerse de una puñetera vez adulta tiene que escribir, explicarse, existir. Hoy, en realidad siempre, pero hoy más que nunca, la palabra escrita y la imagen son omnipresentes en la vida de las personas. La educación social puede permitirse vivir aislada del mundo pero que luego no reclame lloriqueando su momento de gloria: Oh! Buuaa! no nos entienden, nadie sabe qué es o qué hace un educador social, la sociedad nos ignora... buaaa...Venga, venga, venga. Hay que currárselo nenes.
Ya no hay excusas. Además de las revistas especializadas, hay un montón de plataformas: blogs, webs, twitter, grupos de educadores en facebook, etc. Si los educadores sociales quieren hacerse oír, hoy, por fin, tienen donde hacerlo. Pueden escribir también para los otros, para el "gran público".
Hay que escribir para que las palabras no se las lleve el viento. Hay que escribir para defender lo que uno hace, para explicar a los políticos y a la ciudadania nuestro trabajo. Para hacer proyectos. Para difundir las ideas. Para reivindicar mejores condiciones de trabajo. Hay que escribir para ser creativo. Hay que convertir las quejas de pasadizos en escritos bien escritos. Lo que queda escrito y firmado tiene un peso diez mil veces mayor que el grito o la pataleta. Hay que escribir para que te hagan caso, y hay que hacerlo por escrito . Hay que escribir para anunciar y para denunciar. Hay que saber explicarse, y luego escribirlo. Hay que aprender a escribir.
Ya ven que fácil y que difícil. Si además de mis meteduras de pata, mis contradicciones, mi verborrea y mis despistes, a mis alumnos de prácticas les ha quedado clara la importancia de leer y escribir, me doy con un canto en los dientes.

sábado 5 de septiembre de 2009

Un Moleskine, Patagonia, Josep Pla, mi sobrina.

El lunes vuelvo al trabajo. De momento, a modo de propósito, me he comprado un Moleskine, un cuaderno de esos con tapa dura que se cierra con una goma elástica negra. Es caro, casi 10 euros, pero en el envoltorio te aseguran que es el legendario cuaderno usado por Hemingway o Chatwin.
No sé, no sé, en el prospecto no te garantizan que se te pegue algo de ellos, a pesar del precio.
Por culpa de Bruce Chatwin viajé una vez hasta la Patagonia, buscando algunas huellas de las fascinantes historias que contaba en su libro. Bastantes años después, otro libro, Medianoche en Sicilia, de Peter Roob, uno de los mejores libros que he leído nunca, también me llevó en busca de la belleza de la isla y del rastro de cadáveres dejados por la mafia.

En la Patagonia, en el parque de las Torres del Paine, llevaba un diario, una vulgar libreta de anillas, confiado en que los nueve días que estaría solo serian un buen momento para escribir algo. Pero apenas anoté nada. No sólo era el cansancio, o las ocho o nueve horas de caminata diarias, o la soledad. Era sobre todo la belleza de la naturaleza por todos lados: los picos nevados, los glaciares, los lagos. Cuando hay tanto que mirar, tanta exuberancia, soy incapaz de pensar en nada.
Algo parecido me pasa con la música. Va tan directa a la piel y al cerebro que sólo puedo emocionarme. Oír música me produce dolor o júbilo, pero es un estorbo para pensar en algo que pueda traducir en palabras.
Ya lo decía el gran Stephen Vizinczey en sus decálogo para ser escritor: no hace falta buscar la inspiración en los lugares pretendidamente literarios, ya sea Nueva York, París o la Patagonía. Basta poseer una buena colección de obras de grandes escritores para acceder a los secretos de la literatura. Y yo añadiría que también bastan para acceder a los secretos de esos lugares. Aunque estar en la Patagonia o en Sicilia es una experiencia increible, las conozco mucho más gracias a Chatwin o a Robb que por haber estado allí. Y nadie puede decir que no estuvo en la antigua URSS después de haber leído El Imperio, de Kapuscinski.

En mi caso no hay nada mejor que pasear por una ciudad ya conocida para buscar ideas. Las catedrales, o las plazas ya están descubiertas, así que no distraen mi atención como lo hace una ciudad nueva para mí. La inspiración, las pocas veces que me viene, me pilla siempre andando. Así que si me ven alguna vez caminando, como ido, y no les saludo, no se enfaden: estoy pensando. Me gusta imaginar que ese era el método del gran Josep Pla. Caminante de distancias cortas, con su pinta estudiada de pagès despistado pero con esa mirada oriental, escrutadora, mientras su cabeza no deja de cavilar ideas que luego se apresura a escribir en su cuaderno gris.
Pero, como diría Pla, todo esto no tiene la más mínima importancia.

Mi sobrina, de quince años, me mira y me dice que mi móvil está pepino que es como decir que mola, que está guapo, pero con palabras de ahora. Luego no deja de autoretratarse para su fotolog. La miro. Miro a esta generación, tan diferente pero tan parecida a la mía, que alguien bautizará de aquí a unos años con cualquier gilipollez.
La tecnología no va a alejar a la gente de los libros, aunque lo parezca. Esta generación de jóvenes escribe y lee mucho. Aunque a veces lo haga en clave. Aunque sus poesías juveniles estén llenas de kas. Me juego lo que quieras a que mi sobrina leerá a Chatwin, a su Chatwin, mucho antes de lo que yo lo hice. Lo hará en un kindle, por supuesto, pero eso no tendrá la más mínima importancia.

Como les decía, este lunes vuelvo al trabajo.
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El 16 de octubre "Educador social en Alaska", de Factoria Los Sánchez, se representa en Reus.