miércoles, 4 de marzo de 2009

EL LECTOR POR HORAS

Alaska, 4 de marzo de 2009.
Candela. Treintaytantos. Ella no lo sabe, pero es X-457. Un expediente. Tampoco lo sabe pero saldrá en unas estadísticas. Monoparental. Problemas económicos. Vivienda precaria. Cosas así.
Cuando me viene a ver siempre lleva un libro. Lo pone sobre la mesa, como quien no quiere la cosa. Como si fuera un complemento. Un paraguas o una gorra. Pero no. Un libro es una declaración de intenciones: leo, luego no todo está perdido. Cuentos para pensar era el último que llevaba.
Después de la urgencias, acabamos hablando del leer, por supuesto. Por eso el libro en la mesa. Porque un libro no es un paraguas, o una gorra. Un libro se lleva para leer o para presentarse. La de veces que yo habré dejado un libro en el tren a la vista de mi acompañante anónimo para que lo mire de soslayo, descubra su título, y me juzgue. Más coquetería que vanidad, porque entre lectores nos saludamos sin palabras.

Eramos cuatro. Yo tendría unos diez años y mi hermano mayor nos leía, por la noche, La sombra sobre Innsmouth, de Lovecraft. Nada volvió a ser igual. El descubrimiento de que la lectura podía provocar el miedo, de hecho, de que podía provocar cualquier cosa, fue revelador. Así que Lovecraft me llevó a Poe, y luego a Cortazar, su traductor. Para Rayuela la lectura ya me tenía atrapado. Luego vino la biblioteca, el mejor templo ciudadano, junto con los bares. La infancia quedaba atrás, pero no tanto. Mientras que hubiera libros y café nada estaría perdido.
Más tarde, como Pla, dejé de leer novelas, pero eso es otra historia.

Candela me recomienda uno y yo quedo en que le devolveré la jugada. Cuando hablamos de libros queda suspendido, por unos minutos, el acuerdo tácito entre profesional y usuario. Una cierta y casi irremediable jerarquía. Sólo somos dos lectores en paréntesis y todo parece más sencillo. Luego volvemos a lo nuestro, pero con la humanidad reforzada.
Los libros salen menos de lo que me gustaría en mis entrevistas. La vorágine del día a día, las necesidades imperiosas, etc. Pero en cuanto puedo meto cuña.
Un libro, aunque sea en Kindle, para pasar mejor la(s) crisis.

Pintura: Joan Mateu_____________




Salgamos de la sombra . Los amigos de Movimiento Anfibio.

5 comentarios:

Calvin dijo...

Me apropio la frase: la biblioteca, el mejor templo ciudadano, junto con los bares.

Qué agradable es leerte, trates el tema que trates.

Josep M. Ferrer dijo...

Un escrito muy entrañable. Es cierto que los libros nos dan identidad. Me ha hecho sonreir el parágrafo donde cuentas que entre lectores se espian los libros que leen y así descubren un poco más del otro. Es una típica escena de tren o de metro que a muchos nos habrá pasado. Sin ir mas lejos, ayer mismo.

Josep

Eloi BLQ dijo...

lei un artículo, no me acuerdo donde, que la crisis estaba beneficiando la venta de libros porque se convertía en una forma de ocio barata.

No sé si será verdad, pero las editoriales ya se están encargando de tirar por la borda la sensación tan plácida que da manosear un libro que tanto gusta.

saludos

Raquel dijo...

Quique, luego vengo con más calma. Ahora sólo quería saludarte

Quique dijo...

Saludos Calvin, Josep y Raquel.
Bueno Eloi, si la gente compra libros, bienvenido sea ¿no?
Un saludo