viernes, 31 de julio de 2015

AGOSTO EN ALASKA (1)


Alaska, 31 de julio de 2015,

Estaba en el Machu Picchu, mirando las ruinas desde un montículo, intentando sentir lo que me había imaginado que sentiría en ese momento, cuando planificaba el viaje. Pero no, todo en mi era muy sobrio, normal, decepcionante y Machu Picchu  parecía poco más que la copia de algo ya muy visto. Un selfie de felicidad forzada. Me pasa a veces como esos jugadores de fútbol que después de haber ganado la copa de Europa, o del mundo, le dicen al periodista que ahora no pueden sentir nada, que hasta dentro de un tiempo no serán conscientes de lo que han hecho. En el fondo se habían imaginado tanto la gloria que cuando la consiguen la gloria se muestra muy prosaica. Muy poca cosa. Buscan y no sienten lo que pensaban sentir y se dicen que quizás mañana. Pero no saben que mañana no habrá nada, que las gentes que les aclaman estarán mañana en sus asuntos y que mañana no habrá gloria ni habrá Machu Picchu. Será que no podemos planificar la gloria, la felicidad o el éxtasis y solo aparecen, si es que lo hacen, en los lugares y en los tiempos más insospechados. (*)

Estaba en el Machu Pichu y mi amigo Jordi Alba sacó sus lápices y su libreta y me dijo que iba a hacer unos apuntes al natural. ¿Por qué no?  Yo también podía coger mi boli y mi cuaderno y hacer unas descripciones, para soltar la mano, en plan escritor profesional. Pero no se me ocurría nada, apenas balbuceos y me quede allí sentado, mirando las ruinas, como si no fuese yo el que las mirara.

De alguna manera, este  diario de verano que ahora empiezo es un intento de seguir aquel cuaderno, de ir apuntando las cosas que se me ocurran, sin pretensiones e ir soltando la muñeca hasta septiembre, cuando empiece el curso.

Para empezar Agosto en Alaska, un apunte de una conversación de Janet Malcolm y el pintor David Salle. Malcolm es la autora de En los archivos de Freud, y El periodista y el asesino, dos obras maestras del periodismo y una de las mujeres más inteligentes, incisivas y buenas personas que he leído nunca.

"Un día, hacia el final de una conversación que estaba manteniendo con el pintor David Salle en su estudio, en White Street, me miró y me dijo:
- ¿No te ha pasado nunca? ¿No has pensado alguna vez que tu verdadera  vida aún no ha comenzado?
- Creo que sé a qué te refieres.
- Lo sabes... Pronto. Pronto comenzará tu verdadera vida."

Malcolm tiene esa virtud de escribir de forma que parezca que esté escribiendo para mí. Me pilla siempre desnudo y me arranca la máscara a cada palabra. Sí, a veces me ha pasado.  Esa sensación de que ahora sí, ahora empieza todo... de verdad.



(*) En efecto, el éxtasis, la explosión de dopamina que es la sensación de felicidad, ocurre cuando menos te la esperas. Por ejemplo un año antes, en el parque Huerquehue, en Chile. Un escenario bonito pero no tan majestuoso como el Machu Picchu. Estaba solo y escribí en mi diario exactamente esto: "Soy muy feliz de estar aquí. De sentirme parte de todo esto". Después me hice la foto que ilustra este post, supongo que para no olvidarme. 






martes, 21 de julio de 2015

LOS SÁNCHEZ (3)





 Los Sánchez(1)   


 Los Sánchez (2)


Alaska, 21 de julio de 2015,

Córdoba. Él vivía en el barrio de Huerta María Luisa y ella en Las casas baratas. Yo, como siempre que mi padre habla de Córdoba, imagino patios y paredes blancas y flores a mansalva. A lo mejor no (¿casas baratas?), pero ya les preguntaré más adelante.

Mi madre, que solo calla si te inventas una excusa y te levantas y desapareces, da algunos rodeos. Pero mi padre, hombre preciso, de frases, dice: “A mi, de tu madre, me atrajo el olor de los caramelos.” Y se calla y hay que sacarle los detalles con el taladro. “Ella pasaba por mi barrio pero yo, desde donde estaba con mis amigos, no la veía. Lo que me atrajo era el olor a caramelos, ¿verdad, niña?”. La niña asiente.
Y yo me imagino a mi madre saliendo de la fábrica de los caramelos Capuchinos, que se llamaban así por los capuchinos del Cristo de Los Faroles, con la bata de faena llena de trocitos de golosina, y a mi padre apareciendo detrás de un cerro, atraído por el chocolate, la fresa, la menta, adolescente y salvaje.

Después de tan inmenso prólogo, alguien que no sea yo podría esperarse un encuentro a la altura, entre saetas o toros, o un beso robado en el Alcázar de los Reyes Cristianos a la luz de la luna de Córdoba. Pero son mis padres. Personas sensibles y pragmáticas. Después de cruzarse la mirada durante días, una vez que mi padre descubre que la que huele a caramelo es una joven morena, menuda y preciosa, él se presenta en casa de ella, sin mediar palabra.

¿Y tú que haces aquí?
¿Quieres que te acompañe a la fábrica?
¿Que me acompañes? ¡Cucha! No hace falta que me acompañe nadie. Yo ya sé ir solita.

Ese no hace falta que me acompañe nadie lo cuenta mi madre mirando a mi padre como si estuviese en la puerta de su casa, en Córdoba, con veintipocos años. Mujer de carácter. 
Pero parece que sí, que la acabó acompañando.

(Continuará)


miércoles, 1 de julio de 2015

EUROPA

Alaska, 1 de julio de 2015,

Ayer, P, una señora muy simpática que tenía entrevista conmigo a las once me contó que la puerta de la calle de su bloque de siete pisos llevaba un año estropeada. No me llegan tus citaciones porque alguien entra y roba las cartas. ¿Y por qué no arregláis la puerta? La arreglamos, pero la vuelven a romper los propios vecinos. ??? . Sí, Quique, es una cerradura de seguridad pero hay algunos vecinos que dicen que no pueden pagar la llave, que es muy cara, ya ves tú, diez euros, y estoy segura de que son ellos los que rompen la puerta  (bueno, claro, pienso yo, si no pueden entrar). ¿No podríais hacer algo los servicios sociales? Ya veo venir que voy a acabar escaldado. Iba a decirle que no, que no podemos hacer nada, pero en ese momento me puede más el mediador que (también) llevo dentro y sigo preguntando.

¿Y sabéis por qué no pagan la llave? Si solo fuese la llave. No pagan la llave, ni la escalera, dicen que no tienen para pagar, pero yo creo que no quieren pagar. ¿Y si arregláis la puerta  pero les dais la llave a todos los vecinos? ¡Si hombre! Ya, pero, bueno, tendríais la puerta arreglada. ¡Pero si le diésemos la llave al que no paga al final nadie pagaría ni la llave ni la escalera, anda qué...!  
Creo que me estoy metiendo donde no me llaman y que al final alguien me acabará pidiendo algo. Pero sigo. 
Quizás podéis decidir darles la llave, como un préstamo, y que la paguen poco a poco. Total, diez euros. ¿Diez euros? ¡Pero si deben un pastizal de escalera! Estos no van a poder pagar nunca lo que deben. (Cállate Quique y acaba ya la entrevista) Bueno, nunca, nunca es mucho decir, pueden encontrar un trabajo y mejorar su sit... ¿Trabajo? ¡Si esos no quieren trabajar! Hombre, no sé, ¿estás segura? Habrá de todo, ¿no? ¿ni uno quiere? ¡Ninguno!
Además, Quique, ¿sabes cuál es el problema?, que todos queremos disfrutar de la escalera, pero solo nos preocupamos de nuestra casa.

Se va. Con la puerta rota. 

martes, 16 de junio de 2015

SOLOS

Alaska, 16 de junio de 2015,

El suicidio. ¿Qué hace que un joven no quiera vivir y se mate? Me entero de su muerte un día de entrevistas. Instintivamente busco su Facebook. Hay alguien que espera fuera de mi despacho, impaciente, como una metáfora cruel de que la vida sigue. Su perfil es el de cualquier adolescente, lleno de vida, de amigos, de fiesta, de luz. Es terrible. A partir de la muerte ya nada sirve, nada puede repararse, es tarde para todo y todo lo que se diga es insignificante y leve. 

En las fotos de su muro está la misma cara que yo vi en mi despacho las cuatro o cinco veces que vino a hablar conmigo. La misma expresión tranquila y serena. Nadie sospechaba nada. Yo tampoco. Cuando pienso en tanto sufrimiento en silencio. Pobre. ¿Por qué? ¿Es que acaso nadie le dijo nunca que todo tiene remedio menos la muerte? 

Cierro la ventana de su Facebook y atiendo la visita que está esperando fuera. Impaciente. Pienso en él mientras relleno un formulario para una beca de comedor. Su recuerdo se le parece dolorosamente. Me siento tan inútil. Este trabajo de redes, de equipos, de vínculos, de acompañamientos. De soledad.

viernes, 29 de mayo de 2015

REDES Y EMOCIONES



Alaska, 29 de mayo de 2015,

Las cosas cambian una barbaridad. Hace unos días, en clase, un educador poco tecnologizado me decía que  quería  ponerse las pilas con eso de las TIC, aunque consideraba que comunicarse con las personas virtualmente siempre será más frío que en persona. Las cosas cambian, digo, porque esta frase tan recurrida y tan dicha incluso por mí ha resultado ser falsa. No hay nada más caliente (ejem, no os riáis, que va en serio) que la comunicación virtual. La neurociencia está demostrando lo que ya intuíamos: las personas actuamos mucho más movidos por las emociones que por la razón. A veces disfrazamos nuestras decisiones con justificaciones que nos tranquilizan, pero somos mucho más emoción de lo que nos gustaría.

En el caso de Internet y las redes sociales la emoción se impone a la razón por goleada. Sin cortafuegos, sin tener a la persona delante, con el amparo del anonimato o del grupo y la inmediatez del clic, las redes sociales son emoción desatada. A veces emoción inofensiva y cándida (mirad lo enamorado que estoy de la vida) o vanidosa (fijaros que guay que soy y las cosas chachi que hago) o tonta (mira que palo de selfie tengo) pero otras es el odio tiranosáurico. Solo hay que darse una vuelta por twitter y ver como  grupos de persones linchan virtualmente al Otro. El hashtag como dedo acusador, más estigma que etiqueta. La amenaza constante, el insulto retuiteado hasta el infinito, el matonismo. Los sentimientos antes que la razón, el pueblo antes que el ciudadano. El animal antes que la persona. El fascismo.

Lo que dicen algunos estudios sobre las redes sociales es que, lejos de crearse comunidades más abiertas, somos incluso más intolerantes que en la vida, llamémosle, presencial. Eliminamos a los disidentes (es mi muro, repetimos de un modo casi infantil) y vamos creando  redes de gente que piensa y siente como nosotros. Nuestros favoritos. Siempre ha sido así, pero en la vida unopuntocero podías reconocer, cerveza o café mediante, que el otro era alguien más complejo de lo que pensabas. En las redes eres un cliché, un nick, una arroba, una idea, un facha, algo que se puede aniquilar. Cualquier cosa que nos incomode intelectualmente es eliminada. La mayoría de debates acaban en insultos o con el disidente expulsado o bloqueado.
Una de las cosas que nos da una idea de la irracionalidad 2.0 es la cantidad de veces que personas inteligentes, sensatas, racionales y amables (algunas de ellas buenos amigos míos) comparten noticias estúpidas y poco rigurosas.

 Tampoco la libertad individual ha salido ganando, aunque parezca que la persona tenga más libertad que nunca para decir lo que le dé la gana, donde le dé la gana. En realidad, si uno se da una vuelta por las redes, puede corroborar que los lugares comunes, los estereotipos y el pensamiento único triunfan. ¿Cuantas veces, lector, te has autocensurado un comentario en una red por miedo a la reacción de las personas que te siguen? La conversación 2.0 suele ser una conversación de masas compactas, enfebrecidas e ideológicamente homogéneas. ¿Todavía dudáis? Pasaros por el apartado de comentarios de cualquier medio digital.

Supongo que pensáis que soy un tecnopesimista, un cenizo que piensa que el mundo no puede estar peor de lo que está. Podría ser, pero no. Soy un fan de la conexión 2.0, estoy enredado virtualmente hasta el tuétano y sigo creyendo que las TIC ofrecen grandes posibilidades educativas y comunicativas. Hasta creo, con Pinker, que vivimos en uno de los mejores momentos de la humanidad.

Pero creo también que hay que saber de qué pasta estamos hechos. Conocernos para entendernos y cambiar lo que nos hace peores. A veces los educadores confundimos la educación emocional con poner kilos de emoción a lo que hacemos, pensamos y decimos, que es precisamente de lo que vamos sobrados. La educación,  la neurociencia lo corrobora, pasa por poner razón a la emoción. Pensar las cosas ante de decirlas, respetar al oponente, debatir con argumentos, aceptar otras ideas y personas que piensan diferente, cambiar de opinión,  comprender al otro, aprender a disentir pero respetando a la persona, no son cosas que nos vengan de fábrica.

Ahora más que nunca se sabe que los educadores tenemos que implicarnos en la educación TIC de las personas que atendemos. Especialmente con los jóvenes, cerebros impulsivos, emoción en estado puro. Pero tendríamos que empezar por nosotros mismos. A lo mejor aceptando en nuestra red a alguien ideológicamente distinto a nosotros. Entender que también es un ser humano. Y que el contacto con alguien radicalmente diferente, el debate con él, más que el silencio, el desprecio o el insulto, nos hace infinitamente más libres, más inteligentes y mejores personas.