martes, 16 de junio de 2015

SOLOS

Alaska, 16 de junio de 2015,

El suicidio. ¿Qué hace que un joven no quiera vivir y se mate? Me entero de su muerte un día de entrevistas. Instintivamente busco su Facebook. Hay alguien que espera fuera de mi despacho, impaciente, como una metáfora cruel de que la vida sigue. Su perfil es el de cualquier adolescente, lleno de vida, de amigos, de fiesta, de luz. Es terrible. A partir de la muerte ya nada sirve, nada puede repararse, es tarde para todo y todo lo que se diga es insignificante y leve. 

En las fotos de su muro está la misma cara que yo vi en mi despacho las cuatro o cinco veces que vino a hablar conmigo. La misma expresión tranquila y serena. Nadie sospechaba nada. Yo tampoco. Cuando pienso en tanto sufrimiento en silencio. Pobre. ¿Por qué? ¿Es que acaso nadie le dijo nunca que todo tiene remedio menos la muerte? 

Cierro la ventana de su Facebook y atiendo la visita que está esperando fuera. Impaciente. Pienso en él mientras relleno un formulario para una beca de comedor. Su recuerdo se le parece dolorosamente. Me siento tan inútil. Este trabajo de redes, de equipos, de vínculos, de acompañamientos. De soledad.

viernes, 29 de mayo de 2015

REDES Y EMOCIONES



Alaska, 29 de mayo de 2015,

Las cosas cambian una barbaridad. Hace unos días, en clase, un educador poco tecnologizado me decía que  quería  ponerse las pilas con eso de las TIC, aunque consideraba que comunicarse con las personas virtualmente siempre será más frío que en persona. Las cosas cambian, digo, porque esta frase tan recurrida y tan dicha incluso por mí ha resultado ser falsa. No hay nada más caliente (ejem, no os riáis, que va en serio) que la comunicación virtual. La neurociencia está demostrando lo que ya intuíamos: las personas actuamos mucho más movidos por las emociones que por la razón. A veces disfrazamos nuestras decisiones con justificaciones que nos tranquilizan, pero somos mucho más emoción de lo que nos gustaría.

En el caso de Internet y las redes sociales la emoción se impone a la razón por goleada. Sin cortafuegos, sin tener a la persona delante, con el amparo del anonimato o del grupo y la inmediatez del clic, las redes sociales son emoción desatada. A veces emoción inofensiva y cándida (mirad lo enamorado que estoy de la vida) o vanidosa (fijaros que guay que soy y las cosas chachi que hago) o tonta (mira que palo de selfie tengo) pero otras es el odio tiranosáurico. Solo hay que darse una vuelta por twitter y ver como  grupos de persones linchan virtualmente al Otro. El hashtag como dedo acusador, más estigma que etiqueta. La amenaza constante, el insulto retuiteado hasta el infinito, el matonismo. Los sentimientos antes que la razón, el pueblo antes que el ciudadano. El animal antes que la persona. El fascismo.

Lo que dicen algunos estudios sobre las redes sociales es que, lejos de crearse comunidades más abiertas, somos incluso más intolerantes que en la vida, llamémosle, presencial. Eliminamos a los disidentes (es mi muro, repetimos de un modo casi infantil) y vamos creando  redes de gente que piensa y siente como nosotros. Nuestros favoritos. Siempre ha sido así, pero en la vida unopuntocero podías reconocer, cerveza o café mediante, que el otro era alguien más complejo de lo que pensabas. En las redes eres un cliché, un nick, una arroba, una idea, un facha, algo que se puede aniquilar. Cualquier cosa que nos incomode intelectualmente es eliminada. La mayoría de debates acaban en insultos o con el disidente expulsado o bloqueado.
Una de las cosas que nos da una idea de la irracionalidad 2.0 es la cantidad de veces que personas inteligentes, sensatas, racionales y amables (algunas de ellas buenos amigos míos) comparten noticias estúpidas y poco rigurosas.

 Tampoco la libertad individual ha salido ganando, aunque parezca que la persona tenga más libertad que nunca para decir lo que le dé la gana, donde le dé la gana. En realidad, si uno se da una vuelta por las redes, puede corroborar que los lugares comunes, los estereotipos y el pensamiento único triunfan. ¿Cuantas veces, lector, te has autocensurado un comentario en una red por miedo a la reacción de las personas que te siguen? La conversación 2.0 suele ser una conversación de masas compactas, enfebrecidas e ideológicamente homogéneas. ¿Todavía dudáis? Pasaros por el apartado de comentarios de cualquier medio digital.

Supongo que pensáis que soy un tecnopesimista, un cenizo que piensa que el mundo no puede estar peor de lo que está. Podría ser, pero no. Soy un fan de la conexión 2.0, estoy enredado virtualmente hasta el tuétano y sigo creyendo que las TIC ofrecen grandes posibilidades educativas y comunicativas. Hasta creo, con Pinker, que vivimos en uno de los mejores momentos de la humanidad.

Pero creo también que hay que saber de qué pasta estamos hechos. Conocernos para entendernos y cambiar lo que nos hace peores. A veces los educadores confundimos la educación emocional con poner kilos de emoción a lo que hacemos, pensamos y decimos, que es precisamente de lo que vamos sobrados. La educación,  la neurociencia lo corrobora, pasa por poner razón a la emoción. Pensar las cosas ante de decirlas, respetar al oponente, debatir con argumentos, aceptar otras ideas y personas que piensan diferente, cambiar de opinión,  comprender al otro, aprender a disentir pero respetando a la persona, no son cosas que nos vengan de fábrica.

Ahora más que nunca se sabe que los educadores tenemos que implicarnos en la educación TIC de las personas que atendemos. Especialmente con los jóvenes, cerebros impulsivos, emoción en estado puro. Pero tendríamos que empezar por nosotros mismos. A lo mejor aceptando en nuestra red a alguien ideológicamente distinto a nosotros. Entender que también es un ser humano. Y que el contacto con alguien radicalmente diferente, el debate con él, más que el silencio, el desprecio o el insulto, nos hace infinitamente más libres, más inteligentes y mejores personas. 

miércoles, 22 de abril de 2015

SOPORTAR LO INEXPLICABLE

Alaska, 22 de abril de 2015,

Nos cuesta aceptar que no lo sabemos todo, ni podemos prevenir todo, ni todo está en nuestra mano. Ayer, profesionales que suelen mostrarse razonables en otros temas se explayaban en diferentes medios y redes, señalando a los posibles culpables de lo que había pasado en el instituto Joan Fuster. Para unos eran los padres, para otros eran la falta de recursos, o las instituciones, o los profesores, o el sistema. Es preocupante que esto pase con educadores sociales. Quienes nos dedicamos a esto deberíamos saber que parte de nuestro trabajo tiene de telón de fondo la incertidumbre. Hay cosas que podemos controlar y cosas que no. Hay cosas en las que podemos incidir y cosas en las que podemos incidir muy poco. A lo mejor si nos agarrásemos a los datos, más que al caso excepcional, sabríamos, como demuestra el psicólogo evolutivo Steven Pinker en Los Ángeles que llevamos dentro que vivimos en la época menos violenta de la historia de la humanidad, aunque eso no les guste a los agoreros ni a los fans del argumento de la pérdida de valores.

Hay en este oficio los que aspiran a un mundo feliz, un mundo sin dramas, sin catástrofes y sin imprevistos. Por eso cuando pasa una desgracia buscan con urgencia respuestas y culpables. Creen que todo, absolutamente todo, puede controlarse. Si la educación y el ambiente lo pudieran absolutamente todo quizás alcanzaríamos, por fin, la utopía, un mundo perfecto. Algunos totalitarismos ya lo han intentado. Pero el mundo real no es así: hay genes, y una historia evolutiva que habla de nosotros, hay azares e imprevistos, hay asesinos, hay enfermos y hay accidentes. No tenemos respuestas para todo y a veces solo podemos aspirar a contarnos lo que ha pasado. Llorar y guardar un minuto de silencio por las víctimas. Y seguir trabajando para que el mundo sea un poco mejor, cosa que, Pinker dixit, parece que vamos consiguiendo.

Luego está el griterío insoportable 2.0. En mis clases intento convencer a mis alumnos de las bondades educativas de las redes sociales pero, cada vez más a menudo, lo que se lee en Twitter o en Facebook  es absolutamente despreciable. Es el pueblo desbocado, linchador  de siempre, pero ahora con un amplificador delante. Es el retuitear y compartir cosas sin sentido. Es el matonismo, la demagogia, el populismo desatado. Es el supuesto experto pontificando con más aliento que datos. Es el grupo jaleando.

El cerebro emocional. Decía en una conferencia David Bueno, genetista y divulgador científico, que los adolescentes son más receptivos a los estímulos emocionales que a los racionales. Las pantallas son tremendamente atractivas para ellos porque entran por los oídos y la vista, dos de los sentidos más evolucionados para interactuar con el mundo, y les ofrecen novedades continuamente. También hablaba de las neuronas espejo, que hace que seamos animales  imitativos y con capacidad de empatizar. Creo que es importante que trabajemos cómo se comportan en las redes esos niños y esos jóvenes, qué utilización hacen, qué códigos, qué imágenes, qué palabras y como esto va a favor o en contra de su desarrollo. Acompañarlos. Pero para eso hace falta que hagamos una reflexión seria y serena de cómo utilizamos nosotros mismos esas redes. Cuando linkeamos noticias falsas, cuando compartimos cosas sin sentido, cuando comentamos cosas sin argumentar, cuando acusamos a alguien, cuando somos irrespetuosos y maleducados en twitter, ellos, y sus neuronas espejo, nos observan.

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 ¡IMPRORROGABLE! Este viernes, 24 de abril, es la última oportunidad de ver Educador Social en Alaska en Madrid. En la sala La Nao 8, a las 20h.


Y también el viernes, por la mañana, actuaremos en Les Franqueses del Vallès, para profesionales de los Servicios Sociales como cierre de una sesión de trabajo sobre infancia en riesgo.



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jueves, 26 de marzo de 2015

APRENDIENDO A MIRAR

Alaska, 26 de marzo de 2015,

Les digo a mis alumnos de la UdG. para uno de los trabajos que tienen que entregarme, que intenten huir en lo posible del corta y pega de Google y que, sobre todo,  pongan a prueba la mirada. Me interesa ver y leer lo que van descubriendo y que me lo expliquen, si puede ser, a su manera. Están en primero; creo que pueden comenzar a buscar una mirada y una voz propia.
 Hacerse educador social es ver a las personas y las cosas, las caras, los ojos, las ropas, las habitaciones, las calles. Fijarse en los detalles que, antes de ponerse el traje de educador, pasan desapercibidos. Ver, descubrir, interpretar. Hacer visible lo invisible.
Como señala el neurocientífico David Eagleman en su libro Incógnito "el cerebro  tiene que llevar a cabo un ingente  trabajo para interpretar  sin la menor ambigüedad los miles de millones de fotones  que inundan sus ojos". Parece que ver es fácil. Que abrimos los ojos y ¡voilà!: aparece el mundo. Pero no es así. Si tenemos en cuenta la infinidad de detalles que nuestro cerebro decide pasar por alto (aunque nuestros ojos los "vean"), o lo que el propio cerebro se inventa precisamente para corregir la ambigüedad, entendemos que, en cierta manera, toda visión es una ilusión. 

Las personas que, tras décadas de ceguera, recuperan la vista, al principio no pueden ver el mundo. Ven colores y formas, pero el cerebro ha de volver a interpretarlas. Tienen que aprender a ver todo de nuevo.  Al final, creo que  mi trabajo fundamental es ese, enseñar a mis alumnos a mirar. Y, por lo que a mi respecta, estar muy atento a que los años de experiencia y solvencia contrastada no me vuelvan, paradójicamente, más ciego.   


Aquí está  la entrevista radiofónica que le hicieron ayer mismo a mi hermano Rafa en  la  emisora Onda Madrid  acerca de nuestra obra Educador social en Alaska.  Empieza en el minuto 45. Rafa estará todos los viernes de abril en la sala La Nao 8, en pleno centro de Madrid.
Y el 8 de abril representaremos el ESenAlaska en la Universitat de Barcelona, para profes y estudiantes de educación social. Seguiremos informando.

Por cierto, hoy sale a la venta el libro #EdusoHistorias, de mis amigos de Educablog. Participo en el libro con una historia de ficción. Y las ilustraciones corren a cargo de mi amiga Anna Fonollosa. Oséase, triple felicidad.

jueves, 12 de marzo de 2015

EL TEATRO Y LA TÍA DE CUENCA





Alaska, 12 de marzo de 2015,

Una vez Paco Rabal rodaba una escena en la que acababa de matar a alguien. Por lo visto su interpretación era demasiado "intensa" y Buñuel, que lo dirigía, estaba frito. Rabal decía que era normal, su intensidad, que acababa de matar a un hombre, que algo tendría que pensar para hacer su personaje y patatín, patatán. Buñuel le preguntó si tenía alguna tía en algún pueblo. Sí, contestó Rabal, en Cuenca. Pues piense en su tía de Cuenca cada vez que ruede esta escena. 

Albert Boadella cuenta una anécdota cuando estaban representando con Els Joglars el montaje Alias Serrallonga, sobre la vida de un bandolero al que acaban matando en escena. En aquella representación hubo un error con la carga de los trabucos que podía haber sido mortal. Al actor principal le dispararon en la escena cumbre, pero de verdad,  y le perforaron el pulmón. Boadella, que miraba la escena desde el público sin saber qué estaba pasando, manifestaría después que era el día que peor se había muerto el actor. No bromeaba. La cruda realidad, encima de un escenario, no funcionaba tan bien como la realidad teatral.

He pensado en estas dos anécdotas no tanto por lo que significan de diferencias y parecidos entre el cine y el teatro, sino por su categoría de anécdota. Todo, hasta lo más trascendente, tiene su bambalina. Cualquier espectáculo vivo se pasea entre la grandeza, la miseria y sus gradaciones. 
A veces, cuando estoy dirigiendo o escribiendo y  estoy más perdido que Carracuca, pienso en Paco Rabal y su tía de Cuenca y me relajo. O cuando estoy nervioso antes de que salgan las tres actrices al escenario, o directamente acojonado, pienso en el Madrid, y en Cristiano Ronaldo. Si todo un Real Madrid, me digo, con la pasta que invierte, es capaz de cagarla, entonces todos tenemos derecho a fallar. Los nervios no tienen que ver con vosotras, Sonia, Tricia y Ángela. Vosotras estáis fantásticas y yo soy un tío afortunado. Soy yo. Me pasa con el Alaska, cada vez que  Rafa sale al escenario, y la hemos hecho cien mil veces y él la clava como un reloj suizo. Sí, Sonia, ya sé, tengo que fluir más. 

Así estoy, intentando pensar en la tía de Cuenca del gran Paco Rabal, para quitarle un poco de trascendencia a todo. El sábado vienen a ver la obra mis padres y un buen trozo de mi familia. Vienen a Barberà que, junto con Badia, es el lugar donde me  hice un hombre (¡toma ya!, ejem, ¿quién dijo trascendencia?). No hace falta que os cuente lo que eso significa, fijaros en el nombre que le hemos puesto mi hermano y yo a la compañía. Freud se pondría las botas. 

Ha pasado un año desde que estrenamos El año del cerdo en Barcelona y es, en muchos sentidos, como si se cerrara un círculo. Sé que pase lo que pase mi padre se va a levantar al final de la obra y va a lanzar sus ¡BRAVO!, diga lo que diga Freud, con esa voz huracanada que tiene. 

Sí, vale, juego en campo propio, pero  estoy acojonado y feliz. 


El año del cerdo se representa  el sábado en el Teatro Municipal de Barberà del Vallès.
Alaska 2099 se representa este viernes, en la sala de teatro Almazen. (Barcelona) 

Foto: Ensayo de el cerdo en el TMC de Barberà del Vallès. De Tricia.