domingo, 17 de junio de 2018

IMAGO. lo último de EDUCABLOG.

Alaska, 17 de junio de 2018,

El viernes llegó a casa IMAGO, el último libro de Educablog. Un libro de fotografías relacionadas con la educación social. ¿Qué decir de él además de que es una pequeña joya que se ha de palpar? Yo no sé escribir sobre fotos. Voy cada año al CCCB, a ver la World Press Photo, y cuando me preguntan solo alcanzo a decir ¡brutal! ¡una pasada! y cosas así. Miro las fotos y me dejo llevar (por cierto, siempre me he preguntado cuanto tiempo hay que mirar una foto para verla de verdad.) Creo que la mejor manera de disfrutar IMAGO es, primero, ver las imágenes, así, a saco, sin información previa. Luego es recomendable leer los textos al final del libro y volver a mirar las imágenes. Entonces las fotos se ven de otra manera. Desvelan su sentido. Son ya, para siempre, otras fotos, que niegan la leyenda de que una imagen vale más que mil palabras. Mi preferida es la foto de las sillas. Creo que dice mucho. La foto de un espacio donde casi dan ganas de reunirse, que ya es decir. Un espacio vacío que no existe si no hay profesionales que lo rellenen y lo usen pero que el fotógrafo ha hecho que exista. Una foto cuántica.

Después de sus libros Educablog 2006-2011 y #Edusohistorias, mis amigos Asier, Raúl, Jorge e Iñigo, con  David de Haro al mando de las fotografías, han vuelto a inventarse un artefacto de calidad, hecho con cariño, profesionalidad y precisión. Si no existiese Educablog habría que inventarlo. 
Pero existe. Y la educación social empieza a deberle mucho.
  

lunes, 19 de marzo de 2018

10 IDEAS SOBRE TRABAJO COMUNITARIO (2ª PARTE)




Alaska, 19 de marzo de 2018,

Las cinco primeras ideas aquí. Por cierto, que no se me olvide, el 6 de abril y el 4 de mayo son las útimas funciones de la temporada para ver, Educador social en Alaska, en la sala Almazen. Razón aquí. 

Ahora sí, ¡Agua va!


6. Datos. Hechos. Algún día alguien querrá hacer, urgentemente, deprisa, deprisa, algún proyecto comunitario porque en su municipio los jóvenes se drogan como en ningún sitio y la convivencia está a punto de derrumbarse. Qué digo la convivencia, ¡la civilización! Pienso en drogas y jóvenes porque es un clásico, pero hay infinitos temas por los que correr desaforados. Calma. Paciencia. Quizás sea verdad, pero lo más probable es que no lo sea. Seguramente los jóvenes de su municipio se drogan más o menos como la media del país y el sol seguirá saliendo por el este. Pida datos (¿Cómo? ¿Cuánto? ¿Dónde? ¿Qué? ¿Cuántos?) que le darán una fotografía más fidedigna de la realidad y trabaje sobre eso. Recuerde y haga recordar que las percepciones sobre la realidad no son la realidad. Encontrará resistencias: tendemos a aceptar antes las noticias negativas, aunque sean falsas (o precisamente por eso). Y desde twitter, más. Además, delante de propósitos tan nobles y universales (¡salvar la juventud!) cualquier matiz que se introduzca, cualquier insistencia en los datos objetivos, hará que parezca que es usted un insensible. Y mientras más noble sea el objetivo último (¡salvar la juventud!) más insensible parecerá usted. Ese tipo de coartadas hace que en grupo y en público casi nadie se atreva a poner objeciones a la opinión de la mayoría. Pero no hay buen trabajo comunitario sin un aguafiestas que se atreva a preguntar: ¿Qué datos tenemos sobre eso? ¿Cómo podemos saber si lo que estamos diciendo es verdad? ¿Cómo sabemos si lo que estamos haciendo está bien hecho? Sin información, sin datos, el trabajo comunitario es pura propaganda. Atrévase a ser el aguafiestas.

7. Un bolet. En Cataluña lo decimos así. Alguna actividad que se hace en el municipio pero que cuando se ha acabado no ha dejado ninguna impronta. Un bolet, una seta, ahí, en medio del bosque, solitaria. Quizás un parche sería la traducción más aproximada en castellano. Si quiere hacer trabajo comunitario niéguese a hacer un bolet, es así de sencillo. Esto significa hacer cosas que tengan una cierta trascendencia, aunque sea modesta. No siempre es fácil y a veces necesitamos ayuda exterior. Los profesionales y no profesionales que operan o viven en un territorio no tienen porque saber todo de todo, ni tener tiempo para todo y está bien la aportación de expertos en el tema que sea. Pero que sean expertos comprometidos en implicar a la comunidad, no en hacer bolets y marcharse. Por lo demás, creo que es un error muy frecuente comenzar un proyecto comunitario poniendo el acento en los recursos que faltan y no en los que ya existen. Nos quejamos mucho de que nuestros jefes no valoran a los equipos. Pero la mayoría de veces son los profesionales los que se menosprecian, buscando recursos que ya tienen en casa. Un buen trabajo comunitario pasa por potenciar los recursos que tiene la comunidad, y eso incluye a los técnicos de esa comunidad. No hay trabajo comunitario sin equipo. Y si tiene que venir alguien o algo, lo cual siempre es sano y está muy bien, que sea un fuera de serie que nos aporte Valor. Con mayúsculas.

8. El trabajo comunitario no ahorra en trabajo individual, aunque a veces sea uno de los motivos que se esgrimen para justificarlo. Hay una cierta tendencia que veo en profesionales y en un tanto por cierto importante de mis alumnos a creer que el trabajo comunitario es más efectivo, más auténtico, que el trabajo de despacho (eufemismo con el que suelen referirse al trabajo individual). Sería muy largo explicar aquí por qué creo que ambos tipos de intervención, el comunitario y el individual, se complementan y se necesitan, hasta el punto de que no está tan claro donde empieza uno y acaba el otro. En nuestro gremio, al menos en lo que se refiere a los servicios sociales, la crítica al trabajo de despacho esconde una concepción de la entrevista como un espacio donde solo se dispensan recursos obviando que es una de las herramientas más potentes de nuestro trabajo y de relación con el ciudadano. Anteponer el trabajo comunitario al individual es renunciar al potencial educativo de un espacio como la entrevista (se haga esta en el despacho o no, eso es lo de menos). A veces la crítica al trabajo individualizado conlleva también una concepción determinada de lo social. Es curioso como existe plena unanimidad en denunciar la deriva asistencialista que ha tomado nuestro oficio, a la vez que se defienden algunas perspectivas donde los problemas siempre son culpa del Sistema y las soluciones a esos problemas siempre vendrán de la comunidad, del grupo, o del propio Sistema. Un discurso donde la identidad del grupo pasa por encima de la identidad individual y la anula. En esta concepción la responsabilidad individual se diluye en lo colectivo, y también se diluye la entrevista como uno de los lugares privilegiados donde trabajar la responsabilidad. No se me ocurre nada más asistencialista que eso.


9. Copiar y equivocarse. La innovación social está muy bien, y yo conozco unas cuantas personas que están innovando de verdad o, lo que es lo mismo, buscando y a veces encontrando soluciones y respuestas desde novedosos enfoques. Pero a veces la innovación no es tal y está desnuda, como el rey. Y muchas cosas ya están inventadas, aunque se digan en inglés. Así que, señoras y señores, si son ustedes más artesanos que creadores, como un servidor, copien, copien sin cesar de los sitios donde han hecho las cosas bien y les funcionan. Copien de los que saben y presuman de ello. Y recuerden que ni todo lo nuevo es bueno ni todo lo viejo es malo. *Incluir a personas de otras disciplinas también es una buena manera de innovar. Qué alegría y qué descanso oír a alguien alejado de nuestros decires que no suelte 'empoderar' o 'sinergía' a cada paso.

10. Hacer trabajo comunitario es buscar problemas. Si uno no tiene claro eso, mejor no meterse. Problemas que están ocultos, problemas que no se denuncian, problemas a los que se pone voz. Se está mejor calentito en casa, o trabajando solo, para qué lo vamos a negar. Es lidiar con la comunidad. Es hacer política. Es criticar al poder. Es salir al patio y mojarse. Juntarse con gente a veces es agradable y casi siempre es muy complicado. Y trabajar con la comunidad es llegar a casa y decir para qué me habré metido en este berenjenal. Y meterse en un follón como es hacer trabajo comunitario no siempre tiene su recompensa y no siempre es tan bonito, aunque luego lo inviten a uno,  a mí mismo, a unas Jornadas de lo que sea y ponga su powerpoint de fotos chulas con gente pasándoselo en grande y pintando murales. Está bien, pero suele ser más complicado que eso. Hacer trabajo comunitario es estar dispuesto a ser crítico y a ser criticado.
Ahora, también es verdad que si eso no lo supiéramos a estas alturas, a santo de qué hubiésemos elegido esta profesión.

Postdata: ahora he visto que diez se me ha quedado corto y me han quedado bastantes cosas en el tintero, capaz que me pongo a escribir otras diez. ¿Que no?

martes, 6 de marzo de 2018

10 IDEAS SOBRE TRABAJO COMUNITARIO




Alaska, 6 de marzo de 2018.

Ando liado en un proyecto que se llama #itutambé que nos está dando muchas alegrías y del cual les dejo con dos vídeos. Uno es de todo el proceso en el 2016 y el otro es un resumen de la Muestra de cortometrajes con el que culminó el proyecto en el 2017. La cuestión es que después de estos tres años de proyecto (más los años que llevo participando en otros) tenía ganas de compartir algunas ideas sobre trabajo comunitario. 10 en concreto. ¡Agua va!

1. No dediquen demasiado tiempo en demostrar a nadie si su proyecto es "comunitario" o no lo es. Se pierde demasiada energía. Por lo que a mi respecta, mientras no haya una denominación de origen registrada, puede llamarlo así si trasciende lo individual y tiene una incidencia positiva en la comunidad. Llámelo como le de la gana. No haga caso de puristas ni de popes. Además, pa que engañarnos, el concepto 'trabajo comunitario' es feo de cojones. De aquí a nada, si es que no ha pasado ya y yo no me he enterado, saldrá algo mucho más mainstream para denominar la cosa.

2. La proximidad territorial es uno de los requisitos imprescindibles. En el caso del #itutambé nos hemos pateado a base de bien la comarca de la Selva llegando a rincones donde a la administración le cuesta llegar. Ha sido uno de los secretos de su buen recibimiento.

3. Los proyectos verticales, diseñados por alguien lejos de donde pasan las cosas y sin tener en cuenta a los ciudadanos a los que les pasan esas cosas, no funcionan. Eso usted ya lo sabe. Pero ¡ojo con despreciar el criterio técnico! Vivimos unos momentos tan populistas y tan buenrollistas que cualquier cosa que venga de la administración se mira con desconfianza. Pero es que el pueblo, queridos amigos de la fauna ibérica, también se equivoca. Y mucho. Nosotros preferimos hablar de un diálogo y un trabajo franco y sincero entre lo técnico y lo no tan especializado (pero directo y valioso). 
*Llegados a este punto, siempre recuerdo a la profesora de catalán de bup que pasó de nuestro criterio ceporro y asambleario (fútbol, fútbol, fútbol) y nos llevó a ver El despertar de la primavera. Gracias a su gesto sanamente antidemocrático pude conocer el teatro con mayúsculas, hasta hoy..

4. La transversalidad. Hay proyectos comunitarios la mar de bonitos, en los que participa todo el mundo menos los técnicos de ese municipio (de juventud, de servicios sociales, de deportes, etc.). ¿La administración está compartimentada, quién la descompartimentará? La descompartimentización, coja aire, como objetivo prioritario. Y recuerde, el problema no es que haya gente que se quiera poner las medallas, el problema es que, cuando la cosa sale bien, tiene que haber medallas para todos. Porque, a ver, ¿a quién le amarga un dulce... digo, una medalla? Es muy complicado, lo sé. Pero por si todavía no lo había adivinado, lector, el trabajo comunitario es meterse en problemas (aunque ese será otro punto de este decálogo).

5. Nuestro querido Marco Marchioni da toda la importancia al proceso como clave del trabajo comunitario y no seré yo el que le contradiga. De hecho en nuestro #itutambé las conexiones y los vínculos se van dando durante todo el año, en las reuniones por el territorio, en los encuentros con los jóvenes y sus familias, con los vecinos, etc. Bien, como oí hace poco decir al psicólogo Félix Castillo, los profesionales  tenemos que aspirar a ser virus relacionales. Pero, aunque la importancia del proceso sea indiscutible, atención con devaluar la actividad que suele parir (un proyecto, un taller, una formación, lo que sea). No nos gusta esa coletilla, muy de educadores sociales, que dice “la actividad es una excusa para trabajar otras cosas”. Otras cosas más importantes y elevadas, se entiende. La excusa suele ser una excusa (perdón) para devaluar la actividad. Pues no. Si los jóvenes que participan deciden finalmente hacer un taller audiovisual, pongamos por caso, el taller será un taller de calidad, con profesores expertos en la temática. Primero por respeto al joven y a lo que le motiva. También porque es en la actividad, en ese esfuerzo en construir cosas bien hechas, ese momento artesanal y tangible -creo que Richard Sennett estaría de acuerdo conmigo- donde mejor se da la interacción social.


La semana que viene las otras cinco.

1a Mostra de Curtmetratges itútambé a Maçanet 02-02-18 from La Selva TV on Vimeo.

lunes, 2 de octubre de 2017

RETOS. LA CONVIVENCIA.


Hoy es el día mundial de la Educación Social y, efectivamente, como algunos han comentado por las redes, hoy no hay mucho que celebrar. Creo que el tema elegido este año es Los retos de la educación social en tiempos de globalización. En fin, no estoy de humor. Supongo que los retos son los de siempre y tendrán que ver con la convivencia. Y en este territorio donde vivo la convivencia está saltando por los aires. Y no me repitan el mantra estúpido de que en Cataluña no tenemos problemas de convivencia. Ya no. Convivencia entre catalanes y el resto de españoles, y también entre catalanes. Familias y amigos que ya no hablamos de política por no pelearnos (vaya mierda, ¿no?), niños que discuten en las escuelas porque el otro está en el bando equivocado, personas señaladas por pensar diferente. El oasis catalán está más seco que nunca. ¿Puede hacer algo la educación social? No lo sé, debería. Podrá hacerlo si pone por delante los valores de ciudadanía antes que los valores patrióticos. Si pone por delante la Educación con mayúsculas. La razón y no solo la emoción. Espero por lo menos que cuando nos pongamos “el traje” de educadores seamos honestos para detectar si ese traje simbólico  no es más que una bandera.

viernes, 25 de agosto de 2017

REFLEXIONES SOBRE LA VIOLENCIA




Alaska, 25 de agosto de 2017,

Me he zampado dos libros este verano: El cerebro, de David Eagleman y Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt. Los dos hablan de algunas de las preguntas más repetida estos días a raíz de los atentados en Barcelona y Cambrils: ¿Por qué pasó? ¿Por qué ellos? ¿Por qué a ellos? ¿Por qué tan jóvenes? Arendt y Eagleman hablan de otros actos de terror, claro está, desde el Holocausto, en el caso de la primera, a todo tipo de terrorismo (los asesinatos de Srebrenica o la matanza de tutsis en Ruanda) en el segundo. Dado que los dos son grandes conocedores del comportamiento humano (él desde la neurociencia y ella desde la filosofía) creo que vale la pena escucharles, sobre todo porque se preguntan por qué pasó y, en el caso de Eagleman, qué se puede hacer para evitarlo. Ninguno de los dos ofrece respuestas concluyentes ni agotan el tema, entre otras cosas porque son temas muy complejos y porque el comportamiento humano, a día de hoy, es impredecible. Pero las dos lecturas son pura educación social.
Allá va:

Eagleman barre para casa y apunta algo muy interesante:“Tradicionalmente examinamos la guerra y las matanzas en el contexto de la historia, la economía y la política. Sin embargo, para hacernos una idea más completa, creo que también tenemos que comprenderlas como un fenómeno nervioso (...) ¿Por qué ciertas situaciones provocan un cortocircuito en el funcionamiento social del cerebro?”
En experimentos de laboratorio se demuestra que el cerebro de la gente muestra una mayor respuesta simpática cuando ve sufrir a alguien de su grupo de pertenencia (religioso, cultural, étnico, ideológico) que si no lo es. No es nada que no sepamos o intuyamos, somos así: “presenciar el dolor ajeno activa la matriz del dolor propia”, que es la base de la empatía, y esta no es tan fuerte cuando ese dolor lo padece alguien que no es de nuestro grupo de pertenencia. Pero ese factor de nuestro comportamiento, tan humano por otra parte, no explica la violencia o el genocidio. Hay un aspecto que es transversal, desde el horror nazi, pasando por las matanzas de musulmanes en la antigua Yugoslavia, al genocidio de Ruanda o al terrorismo del autodenominado Estado Islámico, y es la deshumanización del otro. Como apunta la neurocientífica Lasana Harris, de la Universidad de Leiden, si no estableces que la otra persona es un ser humano “entonces las reglas morales reservadas para las personas no se aplican”.
Hay otro aspecto que junto a la deshumanización y consustancial a ella es común a los crímenes de los que estamos hablando: la propaganda. Los instigadores del asesinato conocen las debilidades del cerebro humano y saben que la manipulación, que tergiversa noticias y demoniza al diferente, “encaja en nuestras redes neuronales que sirven para comprender a los demás y rebaja la empatía que sentimos hacia ellos”. Para deshumanizar al semejante hace falta propagar una ideología que convierta al otro en una cosa, no en un ser humano. Así actuaba el aparato de propaganda nazi, la radiotelevisión serbia en la guerra de Yugoslavia, la radio hutu en Ruanda o el aparato propagandístico del  Estado Islámico, con el imam de Ripoll como una extensión de su mensaje. La deshumanización del otro, del judío, del musulmán, del tutsi o del considerado infiel, que nos permite acabar con él sin miramientos.

Hannah Arendt, en Eichmann en Jerusalén, aporta otra perspectiva complementaria a la de Eagleman y da algunas ideas de hasta qué punto la propaganda de una idea asesina puede desactivar “la piedad meramente instintiva que todo hombre normal experimenta ante el espectáculo del sufrimiento físico”. Himmler, el jefe de las SS, ante la posibilidad de que sus soldados vieran a los judíos como personas y no como cosas y llegaran a sentir compasión, conseguía invertir la dirección de esos instintos y dirigirlos al propio sujeto activo: “por esto, los asesinos, en vez de decir: “qué horrible es lo que hago a los demás”, decían: “Qué horribles espectáculos tengo que contemplar en el cumplimiento de mi deber, cuan dura es mi misión”. ¿No es esta la viva imagen del terrorista, inflado de propaganda y dispuesto a matar por una idea?
A propósito de Arendt y de su famoso concepto de la banalidad del mal, ella misma dice que se le ha malinterpretado y aclara en el libro -y en el estupendo documental Vita Activa, el espíritu de Hannah Arendt-, que no se refería a que todos podemos ser potenciales asesinos -efectivamente, la historia y también el estudio del cerebro nos demuestran, por fortuna, que no todos acabamos convirtiéndonos en Younes Aboyaaqoub, por mucha propaganda ideológica con la que nos machaquen-.  De lo que habla Arendt es del peligro de que la sociedad en su conjunto banalice el mal, de que en una sociedad, como la alemana en la época nazi, por ejemplo, se vea como algo  habitual, cotidiano, normal la violencia hacia el otro, en defensa de una idea que no puede discutirse. Arendt habla de la Alemania nazi, pero hay muchos ejemplos de cuando una sociedad democrática mira para otro lado o justifica la violencia. La civilización debería ser justamente lo contrario, la posibilidad, la necesidad diría yo, de discutir cualquier idea (también la idea religiosa, claro), discutirla encarnecidamente si hace falta, castigarla incluso, si es el caso, pero preservando siempre la integridad del ser humano que la defiende.
Yo creo que Eagleman y Arendt nos interpelan como educadores. Saber de que pasta estamos hechos es una necesidad ineludible. Conocer nuestras fortalezas y debilidades. Saber qué podemos hacer para construir una sociedad más justa y con qué instrumentos contamos para detectar comportamientos incompatibles con nuestras sociedades democráticas y libres.

Dice Eagleman -él habla de genocidio, pero creo que su reflexión sirve también para otras clases de terrorismo- que “la educación desempeña un papel fundamental a la hora de prevenir el genocidio. Sólo comprendiendo el instinto neuronal que nos lleva a formar grupos de pertenencia y de no pertenencia -y los trucos habituales que utiliza la propaganda para manipular ese instinto- podemos albergar la esperanza de interrumpir esa deshumanización que acaba en atrocidades en masa”. A la pregunta de si se puede programar nuestro cerebro para evitarlo, Eagleman propone experiencias como la de la profesora Jane Elliott, en los años 60, que después del asesinato de Martin Luther King decidió hacer un  experimento para trabajar los prejuicios y para que sus pequeños alumnos experimentaran, realmente, como puede sentirse alguien en la piel de otro. Creo que los educadores sociales somos actores privilegiados para trabajar estos aspectos y también, debería estar en nuestro ADN, para trabajar por la integración y la igualdad de oportunidades. No hay una sin la otra.

Hay que afrontar también un debate sobre la educación y el control, concepto que sé que provoca sarpullidos a muchos educadores, y debatir también sobre a quien le compete cada cosa (familias, policías, educadores) y en qué momentos estas competencias y responsabilidades se entrecruzan. Porque, además de la educación y la integración, también es necesario desactivar la propaganda y la ideología que asesinan.
La educadora social de Ripoll, Raquel Rull, se preguntaba dolorosamente cómo puede haber pasado, como puede ser que jóvenes, aparentemente buenas personas e integrados en la sociedad, hayan cometido los atentados. Me temo que nunca sabremos del todo qué pasa por la mente de unos asesinos de estas características. En España ya teníamos la experiencia, salvadas todas las diferencias que se quieran, de ETA. Jóvenes sobradamente integrados en su sociedad matando por un ideal. El cóctel de propaganda e ideología que deshumaniza al otro y que convierte a un joven aparentemente normal en un asesino nos es  conocido. No creo que la educación en general (y la social en particular) puedan evitar ni prevenir siempre el terrorismo, sería ingenuo pensar lo contrario, pero podemos interrogarnos sobre si estamos haciendo todo lo posible.

La educación social tiene también un reto, dentro del ámbito que le compete, que no es fácil. Luchar para evitar la islamofobia, lucha más necesaria que nunca, sin dejar de abrir un debate franco y civilizado sobre las religiones y su influencia en el individuo y en la sociedad. Sobre las cosas positivas que pueden aportar las religiones a la convivencia y las cosas no tan buenas o directamente incompatibles con los valores que nos damos como sociedad. Sobre todo cuando lo religioso impregna lo público en Estados laicos como los nuestros. Este debate lo hacemos constantemente sobre la religión católica, a la que criticamos sin reparos (y creo que eso es bueno para nosotros y de rebote para el catolicismo) y creo que también deberíamos poder hacerlo sobre el Islam, sin caer en paternalismos ni relativismos. Lo dice un educador y ateo convencido, que no sabría por donde empezar.