lunes, 2 de octubre de 2017

RETOS. LA CONVIVENCIA.


Hoy es el día mundial de la Educación Social y, efectivamente, como algunos han comentado por las redes, hoy no hay mucho que celebrar. Creo que el tema elegido este año es Los retos de la educación social en tiempos de globalización. En fin, no estoy de humor. Supongo que los retos son los de siempre y tendrán que ver con la convivencia. Y en este territorio donde vivo la convivencia está saltando por los aires. Y no me repitan el mantra estúpido de que en Cataluña no tenemos problemas de convivencia. Ya no. Convivencia entre catalanes y el resto de españoles, y también entre catalanes. Familias y amigos que ya no hablamos de política por no pelearnos (vaya mierda, ¿no?), niños que discuten en las escuelas porque el otro está en el bando equivocado, personas señaladas por pensar diferente. El oasis catalán está más seco que nunca. ¿Puede hacer algo la educación social? No lo sé, debería. Podrá hacerlo si pone por delante los valores de ciudadanía antes que los valores patrióticos. Si pone por delante la Educación con mayúsculas. La razón y no solo la emoción. Espero por lo menos que cuando nos pongamos “el traje” de educadores seamos honestos para detectar si ese traje simbólico  no es más que una bandera.

viernes, 25 de agosto de 2017

REFLEXIONES SOBRE LA VIOLENCIA




Alaska, 25 de agosto de 2017,

Me he zampado dos libros este verano: El cerebro, de David Eagleman y Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt. Los dos hablan de algunas de las preguntas más repetida estos días a raíz de los atentados en Barcelona y Cambrils: ¿Por qué pasó? ¿Por qué ellos? ¿Por qué a ellos? ¿Por qué tan jóvenes? Arendt y Eagleman hablan de otros actos de terror, claro está, desde el Holocausto, en el caso de la primera, a todo tipo de terrorismo (los asesinatos de Srebrenica o la matanza de tutsis en Ruanda) en el segundo. Dado que los dos son grandes conocedores del comportamiento humano (él desde la neurociencia y ella desde la filosofía) creo que vale la pena escucharles, sobre todo porque se preguntan por qué pasó y, en el caso de Eagleman, qué se puede hacer para evitarlo. Ninguno de los dos ofrece respuestas concluyentes ni agotan el tema, entre otras cosas porque son temas muy complejos y porque el comportamiento humano, a día de hoy, es impredecible. Pero las dos lecturas son pura educación social.
Allá va:

Eagleman barre para casa y apunta algo muy interesante:“Tradicionalmente examinamos la guerra y las matanzas en el contexto de la historia, la economía y la política. Sin embargo, para hacernos una idea más completa, creo que también tenemos que comprenderlas como un fenómeno nervioso (...) ¿Por qué ciertas situaciones provocan un cortocircuito en el funcionamiento social del cerebro?”
En experimentos de laboratorio se demuestra que el cerebro de la gente muestra una mayor respuesta simpática cuando ve sufrir a alguien de su grupo de pertenencia (religioso, cultural, étnico, ideológico) que si no lo es. No es nada que no sepamos o intuyamos, somos así: “presenciar el dolor ajeno activa la matriz del dolor propia”, que es la base de la empatía, y esta no es tan fuerte cuando ese dolor lo padece alguien que no es de nuestro grupo de pertenencia. Pero ese factor de nuestro comportamiento, tan humano por otra parte, no explica la violencia o el genocidio. Hay un aspecto que es transversal, desde el horror nazi, pasando por las matanzas de musulmanes en la antigua Yugoslavia, al genocidio de Ruanda o al terrorismo del autodenominado Estado Islámico, y es la deshumanización del otro. Como apunta la neurocientífica Lasana Harris, de la Universidad de Leiden, si no estableces que la otra persona es un ser humano “entonces las reglas morales reservadas para las personas no se aplican”.
Hay otro aspecto que junto a la deshumanización y consustancial a ella es común a los crímenes de los que estamos hablando: la propaganda. Los instigadores del asesinato conocen las debilidades del cerebro humano y saben que la manipulación, que tergiversa noticias y demoniza al diferente, “encaja en nuestras redes neuronales que sirven para comprender a los demás y rebaja la empatía que sentimos hacia ellos”. Para deshumanizar al semejante hace falta propagar una ideología que convierta al otro en una cosa, no en un ser humano. Así actuaba el aparato de propaganda nazi, la radiotelevisión serbia en la guerra de Yugoslavia, la radio hutu en Ruanda o el aparato propagandístico del  Estado Islámico, con el imam de Ripoll como una extensión de su mensaje. La deshumanización del otro, del judío, del musulmán, del tutsi o del considerado infiel, que nos permite acabar con él sin miramientos.

Hannah Arendt, en Eichmann en Jerusalén, aporta otra perspectiva complementaria a la de Eagleman y da algunas ideas de hasta qué punto la propaganda de una idea asesina puede desactivar “la piedad meramente instintiva que todo hombre normal experimenta ante el espectáculo del sufrimiento físico”. Himmler, el jefe de las SS, ante la posibilidad de que sus soldados vieran a los judíos como personas y no como cosas y llegaran a sentir compasión, conseguía invertir la dirección de esos instintos y dirigirlos al propio sujeto activo: “por esto, los asesinos, en vez de decir: “qué horrible es lo que hago a los demás”, decían: “Qué horribles espectáculos tengo que contemplar en el cumplimiento de mi deber, cuan dura es mi misión”. ¿No es esta la viva imagen del terrorista, inflado de propaganda y dispuesto a matar por una idea?
A propósito de Arendt y de su famoso concepto de la banalidad del mal, ella misma dice que se le ha malinterpretado y aclara en el libro -y en el estupendo documental Vita Activa, el espíritu de Hannah Arendt-, que no se refería a que todos podemos ser potenciales asesinos -efectivamente, la historia y también el estudio del cerebro nos demuestran, por fortuna, que no todos acabamos convirtiéndonos en Younes Aboyaaqoub, por mucha propaganda ideológica con la que nos machaquen-.  De lo que habla Arendt es del peligro de que la sociedad en su conjunto banalice el mal, de que en una sociedad, como la alemana en la época nazi, por ejemplo, se vea como algo  habitual, cotidiano, normal la violencia hacia el otro, en defensa de una idea que no puede discutirse. Arendt habla de la Alemania nazi, pero hay muchos ejemplos de cuando una sociedad democrática mira para otro lado o justifica la violencia. La civilización debería ser justamente lo contrario, la posibilidad, la necesidad diría yo, de discutir cualquier idea (también la idea religiosa, claro), discutirla encarnecidamente si hace falta, castigarla incluso, si es el caso, pero preservando siempre la integridad del ser humano que la defiende.
Yo creo que Eagleman y Arendt nos interpelan como educadores. Saber de que pasta estamos hechos es una necesidad ineludible. Conocer nuestras fortalezas y debilidades. Saber qué podemos hacer para construir una sociedad más justa y con qué instrumentos contamos para detectar comportamientos incompatibles con nuestras sociedades democráticas y libres.

Dice Eagleman -él habla de genocidio, pero creo que su reflexión sirve también para otras clases de terrorismo- que “la educación desempeña un papel fundamental a la hora de prevenir el genocidio. Sólo comprendiendo el instinto neuronal que nos lleva a formar grupos de pertenencia y de no pertenencia -y los trucos habituales que utiliza la propaganda para manipular ese instinto- podemos albergar la esperanza de interrumpir esa deshumanización que acaba en atrocidades en masa”. A la pregunta de si se puede programar nuestro cerebro para evitarlo, Eagleman propone experiencias como la de la profesora Jane Elliott, en los años 60, que después del asesinato de Martin Luther King decidió hacer un  experimento para trabajar los prejuicios y para que sus pequeños alumnos experimentaran, realmente, como puede sentirse alguien en la piel de otro. Creo que los educadores sociales somos actores privilegiados para trabajar estos aspectos y también, debería estar en nuestro ADN, para trabajar por la integración y la igualdad de oportunidades. No hay una sin la otra.

Hay que afrontar también un debate sobre la educación y el control, concepto que sé que provoca sarpullidos a muchos educadores, y debatir también sobre a quien le compete cada cosa (familias, policías, educadores) y en qué momentos estas competencias y responsabilidades se entrecruzan. Porque, además de la educación y la integración, también es necesario desactivar la propaganda y la ideología que asesinan.
La educadora social de Ripoll, Raquel Rull, se preguntaba dolorosamente cómo puede haber pasado, como puede ser que jóvenes, aparentemente buenas personas e integrados en la sociedad, hayan cometido los atentados. Me temo que nunca sabremos del todo qué pasa por la mente de unos asesinos de estas características. En España ya teníamos la experiencia, salvadas todas las diferencias que se quieran, de ETA. Jóvenes sobradamente integrados en su sociedad matando por un ideal. El cóctel de propaganda e ideología que deshumaniza al otro y que convierte a un joven aparentemente normal en un asesino nos es  conocido. No creo que la educación en general (y la social en particular) puedan evitar ni prevenir siempre el terrorismo, sería ingenuo pensar lo contrario, pero podemos interrogarnos sobre si estamos haciendo todo lo posible.

La educación social tiene también un reto, dentro del ámbito que le compete, que no es fácil. Luchar para evitar la islamofobia, lucha más necesaria que nunca, sin dejar de abrir un debate franco y civilizado sobre las religiones y su influencia en el individuo y en la sociedad. Sobre las cosas positivas que pueden aportar las religiones a la convivencia y las cosas no tan buenas o directamente incompatibles con los valores que nos damos como sociedad. Sobre todo cuando lo religioso impregna lo público en Estados laicos como los nuestros. Este debate lo hacemos constantemente sobre la religión católica, a la que criticamos sin reparos (y creo que eso es bueno para nosotros y de rebote para el catolicismo) y creo que también deberíamos poder hacerlo sobre el Islam, sin caer en paternalismos ni relativismos. Lo dice un educador y ateo convencido, que no sabría por donde empezar.


viernes, 10 de marzo de 2017

TOCATICO-TOCATÀ. CARLES SANTOS PARA BEBÉS



Alaska, 11 de marzo de 2017

Este vídeo de arriba es el trailer de la obra Tocatico-Tocatà. Y ahora yo  debería callarme y decirles que vean y disfruten estos fragmentos de la obra. Porque ante el chorro de imágenes, de actuación y de música que es este Tocatico más vale callarse y disfrutar como un enano. Pero mi querídisimo hermano me pide un post y yo lo único que puedo decir es lo mismo que le dije en persona y más tarde por whatsapp, el día del estreno en Benicàssim: ¡¡¡Brutal!!! En el escenario tres marineros chiflados, en un barcopiano: la obra huele a mar, a aventura y a felicidad. El universo Carles Santos ofrecido a unos niños que desde que ven a los tres marineros se quedan con la boca abierta y solo la cierran para ir exclamando ¡ohhh!, ¡ua! Y no digamos de los padres, que pensaban que solo iban a acompañar a sus hijos y acaban tan boquiabiertos como ellos. Felicidades Anna, mágica y precisa en su sala de máquinas; Juanjo, en su traje de marineropez, sublime al piano, y Rafa, el capitán Tantán desbordando energía y llevando la nave a buen puerto. Esplendidos también el vestuario diseñado por Chass Llach y  la iluminación de Luís Crespo.
La prueba de que el nuevo invento de Factoría Los Sánchez & Imaginary Landscape lo ha vuelto a conseguir es mi sobrino Darío, de once años, que está a mi lado. ¿Te ha gustado la obra, Darío?, ¿Que si me ha gustado? ¡ Me ha encantao!

PD: En el 76 tenía yo los mismos años que mi sobrino y vi la Odisea en la tele. Todavía recuerdo aquellos actores en blanco y negro que recreaban la epopeya homérica con cuatro cachivaches. Luego de mayor supe que había sido cosa de Els Joglars. Solo unos tan grandes como ellos podían haber explicado un clásico a los niños de aquella manera tan imperecedera. Estoy seguro de que muchos chavales que estuvieron en Benicàssim recordaran como un instante de felicidad su primer contacto con la música de Carles Santos gracias a tres gamberros que convierten todo lo que tocan en belleza. ¡Tocatico-Tocatà!

miércoles, 1 de marzo de 2017

ARTUR MAS Y LA REDADA DEL 2011

Alaska, 1 de marzo de 2017,

Fue en el verano de 2011, con muchos Servicios Sociales a medio gas por las vacaciones, cuando la Generalitat, sin previo aviso, obligó a las personas que estaban cobrando la RMI a presentarse en sus oficinas. Sembraron el caos y dejaron a cientos de familias a la intemperie. Decían perseguir el fraude (a posteriori reconocieron que no manejaban ni un solo dato y que nada justificaba una medida tan desproporcionada) y lo hicieron de la manera más abusiva y vergonzosa, a espaldas de los ciudadanos y de los profesionales que los atendían. Claro que Artur Mas presumía entonces de ser el líder de los recortes en España. La RMI, una renta básica que las familias cobran cuando tienen cero ingresos, cero, pasó a tardar ocho meses en cobrarse desde que Servicios Sociales iniciaba el trámite. Ocho. Apenas un año antes, Vila d’Abadal, entonces alcalde de Vic, se negaba a empadronar a los inmigrantes en situación ilegal, medida con la que solo se conseguía que esos inmigrantes no pudiesen acceder a la sanidad o la educación. Todo eso pasó mucho antes de que el president Mas se convirtiese en el antisistema que es ahora y mucho antes de que algunos de los suyos, que callaban ante el alcalde de Vic, participasen en la multitudinaria manifestación a favor de la acogida a los refugiados en Barcelona de hace una semana.

En ese contexto escribí Alaska 2099, la segunda parte de Educador social en Alaska, que volvemos a reponer ahora en la sala Almazen (3 de marzo). Una Alaska más inhóspita y menos amable que la primera. Una Alaska donde el control ha ganado el pulso a la educación. 
Os esperamos en el teatro:


Teaser Trailer ALASKA 2099 from Pantalla Global // CCCB on Vimeo.

jueves, 5 de enero de 2017

SALUD MENTAL Y CRISIS




Alaska, 5 de enero de 2017,

Interesante artículo de la psiquiatra M. Teresa Campillo Sanz, del Instituto de Neuropsiquatria y Adicciones, en el último número de la revista Quaderns d'Educació Social
Campillo escribe que la percepción que tienen los profesionales con los que trabaja es que muchos de los factores estresantes que presentan sus pacientes están relacionados en los últimos años con la crisis económica. Pero no se queda en su percepción y en el artículo se propone revisar cual es la evidencia científica que la demuestra o la niega.

En esa búsqueda encuentra cosas interesantes. Cita el estudio IMPACT, de Margalida Gili, que compara datos del 2006 y del 2010, donde aparece un aumento estadísticamente significativo de los trastornos del estado de ánimo, de ansiedad, depresivos, trastornos somatomorfos  y del consumo de alcohol asociados a tener algun familiar en paro, dificultades por el pago de la hipoteca, etc. Algunos datos les sugerían a los autores del estudio que el impacto del paro es mayor en la salud mental de los hombres respecto a las mujeres debido a  las responsabilidades familiares y la clase social . A parecidas conclusiones llega la investigación encabezada por Xavier Bartoll (2013), aunque los autores lo atribuyen  al hecho del rol social del hombre como "sustentador principal". Estos datos me recordaron un post (Cuando me emociono, 2012) que yo había escrito en el que hablaba sobre hombres que venían a mi despacho y sobre emociones.   
En el artículo se citan otros estudios que contradicen los anteriores, como el de Ketevan Glonti (2016),  que analiza diez factores sociodemográficos durante diferentes períodos de crisis, y en el que  los autores encuentran que la salud mental de las mujeres aparece como más susceptible a la crisis que la de los hombres y donde el estatus laboral está asociado a la salud mental. 

De igual manera se puede hablar de los datos que tenemos en cuanto a la relación entre crisis económica y suicidio. Impresiona leer que el suicidio es la primera causa no natural de defunción, En España el suicidio ha aumentado en las últimas décadas, dato especialmente relevante entre la población de 15 a 24 años, siendo la franja de 25 a 34 años la causa principal de muerte en hombres y la segunda en ambos sexos. Respecto a la crisis económica, hay estudios para todos los gustos y en los que se refleja mucha discrepancia a la hora de  interpretar los datos. Algunos (Lopez Bernal, 2013) relacionan ciertos suicidios con la crisis. La pérdida de ocupación, la tensión financiera, etc. provocarían cosas como la pérdida del control personal, rupturas matrimoniales, reducción del soporte social o el aumento del consumo de alcohol que provocarían a su vez enfermedad mental y suicidio. Otros estudios, como el de Julian Librero o el de Miguel Roca (2013)  critican la metodología utilizada y concluyen que se deberían evaluar otros factores (por ejemplo las patologías subyacentes) antes de proclamar la relación entre suicidio y crisis. 
Sea como sea, y como termina Campillo en el artículo, los datos no son concluyentes y falta tiempo e investigación para confirmar muchas cosas sobre la relación entre salud mental y crisis. También se evidencia (esto lo digo yo) la dificultad a la  hora de interpretar datos estadísticos y quizás la imposibilidad, al menos de momento, de dar una respuesta científica al asunto teniendo en cuenta la cantidad de factores que intervienen. Quizás esta conclusión pueda ser decepcionante para algunos, en estos tiempos de certezas facebookeras y afirmaciones indiscutibles. Yo la encuentro sanísima.  Para que luego digan que la ciencia es dogmática. 

El último número de Quaderns trae en sus páginas este artículo, incluido en un monográfico dedicado a la salud mental, y trae muchas cosas  más, acompañadas por las magníficas ilustraciones de Patossa. No se lo pierdan estimados lectores.  Y tengan todos ustedes un feliz año. 

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 El viernes 13 de enero vuelve Educador social en Alaska en la sala Almazen. A las 21h.