viernes, 30 de enero de 2015

LOS OJOS QUE NOS MIRAN. DE CIENCIA Y EDUCACIÓN SOCIAL


Los ojos que nos miran, De ciencia y educación es una conferencia que di en mayo del año pasado en la UAB , invitado por Rafa Merino, coordinador del Grado de Educación Social. En la charla hablo de uno de mis vicios: la ciencia y  sus probables conexiones con nuestra profesión. La conferencia es en castellano. 


Y no os olvidéis:  el sábado que viene volvemos  con El año del cerdo , a las 18h, en la sala PORTA 4 (en el barrio de Gràcia). Es una obra que está teniendo muy buenas críticas. Las tres actrices, Ángela, Tricia y Sonia (en acción en la foto de abajo) están fantásticas, lo cual no es una verdad científica, pero casi. Lo puedes comprobar tú mismo leyendo lo que dicen de ellas y de la obra en la Revista Rambla, El blog d'en Kbrota, o en los comentarios del público en Atrápalo.  Como puedes comprobar hemos hecho un riguroso trabajo de investigación sobre nuestro cerdo.

Nos vemos la semana que viene. Tengan cuidado ahí fuera.


martes, 20 de enero de 2015

Encuentros en el 2015



Antes de nada y de todo, feliz año a  los lectores de este blog. 

Regalos y propósitos. No voy a poner todos, que luego uno se levanta, se ducha, se peina, sale a la calle en un día soleado dispuesto a comerse el mundo y lo atropella un camión. 
Para los amigos de este blog, os diré que me propongo revivirlo con un post semanal. Así, teniendo un encargo por hacer, parece menos probable que de repente aparezca un camionaco o un terremoto se te lleve por delante. 
Anoten en sus agendas, este año hay muchas posibilidades de que nos veamos.
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De momento, este jueves, en la biblioteca de Sant Celoni, a las 19'30h, Rafa y yo presentamos, de forma teatralizada, el libro Educador social en Alaska ( el booktrailer que he puesto arriba del todo es obra de Helena Boadas). 










Al día siguiente, el viernes, en Salt, en Can Bo de Pau, Rafa hace unas Lecturas Crepusculares, organizadas por Can Can Culturaque tienen muy, pero que muy buena pinta.


Sígueme. Todos los sábados de febrero, a las 18h, en la sala Porta 4 (una magnífica salita de teatro en pleno barrio de Gràcia) volvemos con nuestra obra de teatro El año del cerdo. Una obra que el año pasado recibió tan buenas críticas como esta y esta. 

Y el 13 de febrero volvemos para reponer Alaska 2099, la segunda parte de Educador social en Alaska, en la que es, y siempre será, nuestra querida sala fetiche: Sala Almazen. Si se pasan por allí aquel día nos encontrarán, fijo, después de la función, dando cuenta de la mejor pizza de espinacas del mundo en La Verónica, en el Raval.


El 2015 traerá más sorpresas, pero ya  os las iré contado. Si no nos vemos en alguno de estos lugares, a lo mejor nos cruzamos subiendo o bajando por mi querido Montseny. Si no os saludo es que voy asfixiao. 

Un abrazo. 

jueves, 9 de octubre de 2014

PORTUGAL, ALASKA Y EL CERDO




Alaska, 8 de octubre de 2014,                                                             Este es un post fotográfico. No es que  no escriba, es que me falta tiempo. Podría empezar por los exquisitos mimiños de puerco, en un restaurante de Viseu, regados con  vino tinto de Dâo. Uno de los muchos instantes de felicidad que vivimos Rafa y yo en Portugal, gracias a Ruben Amorim, un educador todoterreno, alma mater de APES, una persona extraordinaria, un amigo.                                                                                                                                                                    Podría seguir con la representación del Alaska en Viseu, la sala llena, la escenografía que no llegaba, yo buscando desesperado en casa de Dario Gomes (otra persona excepcional) un reno entre los muñecos de sus hijas. La gente, al final, aplaudiendo. Rafa en estado de gracia.

Luego el sábado, recien aterrizados en Barcelona. El reencuentro con las actrices de EL AÑO DEL CERDO, lo último de Factoría Los Sánchez  (no se olviden, estamos todos los sábados de octubre, a las 18h., en Sala Porta 4, en Gràcia). 
  
Pero os dejo que miréis, en espera de recuperar tiempo para la escritura de este blog. Perdonad esta incursión mía en el fotoperiodismo aficionado. 



FOTOS:
1. El autor del blog con Ruben Amorim, después de haber dado cuenta del delicioso puerco. 
2. Las actrices de EL AÑO DEL CERDO en un ensayo, con su mantelito de cuadros. Tan jóvenes y ya lanzándose dardos envenenados.
3. La sala de teatro en Viseu, a tope de estudiantes y profesores de educación social. 
4. Libros del Educador social en Alaska en Portugal.
5. Rafa, dándolo todo.
6. Ruben, un servidor y Dario Gomes en la presentación de mi libro en la Universidad de  Viseu.
7. Sonia, Tricia y Angela, las estupendas actrices de EL AÑO DEL CERDO,  en el último pase antes de la representación en Porta 4. 











martes, 10 de junio de 2014

EL MOSAICO DE ZOE


El mosaico de Zoe. Epílogo que escribí para el libro Convivir no es de locos, de mi amigo Raül Córdoba (Ediciones B)


En la espléndida Santa Sofía, en Estambul, primero iglesia, luego mezquita y ahora museo,  en el extremo de uno de sus ábsides, está el mosaico de la emperatriz Zoe con su esposo. La señora Zoe, que nació en el año 978 y murió en el 1050, se casó tres veces, así que decidió conservar el cuerpo del esposo representado en el mosaico, pero cambió su rostro con cada nuevo matrimonio. Ahorradora y pragmática. El último marido, Constantino IX, que sobrevivió a Zoe, es el que luce en Santa Sofía y el que nos apresuramos a fotografiar los turistas, ávidos de historias que contar a nuestra vuelta. Perplejos de que las historias humanas se parezcan tanto a pesar de los siglos. Periodistas de anécdotas sin flash, porque los mosaicos, como las historias, se gastan.
No deberíamos juzgar alegremente a la impetuosa Zoe. Cuando uno se sienta a admirar esos eternos mosaicos, ese puzle de preciosas piececitas perfectamente encajadas, entiende que la emperatriz quisiera ahorrar a sus artesanos el trabajo de rehacerlo todo y que se conformara solo con cambiar el rostro. También hay que situarse: el romanticismo aún no se había inventado y, seguramente, las relaciones entre hombres y mujeres eran mucho  más  prosaicas que ahora.

Pero Zoe pudo tener otros motivos. Quizás lo que la impulsó a borrar la cara de su antiguo marido y dibujar encima la del nuevo era algo situado entre el dolor y la alegría. Entre lo nuevo y lo viejo. Entre la necesidad del olvido y la reivindicación de lo conquistado.
Imposible saberlo. Aunque, si fuese así, eso me acercaría más a Zoe de lo que estoy dispuesto a admitir. Quizás lo que entendí como frialdad o frivolidad de la emperatriz, la primera vez que vi ese mosaico, sea en realidad una necesidad de seguir viviendo, de no mirar constantemente atrás. De caminar. Yo también he sentido a veces esa necesidad, y he substituido  unas caras por otras en los muebles. Yo también he sido, a mi manera, un poco Zoe. La foto de una nueva relación ha enterrado en cajas las fotos de una relación que se acabó.  Pudo haber despecho, tristeza, dolor, o celos, pero casi siempre fue un deseo de olvidar, de no tener presente una cara que  me recordaba otro tiempo feliz. Porque el Otro es caricias, abrazos, besos, olor, palabras, pero es sobre todo su rostro: sus ojos, sus labios, sus risas, sus gestos, su belleza. Y por eso  meto en cajas durante una temporada  esos rostros que no envejecen. Ni ellos ni lo que cuentan. O los meto en archivos alejados del escritorio de mi ordenador. Hasta que se me haga menos insoportable volver a mirarlos.  Cajas y  archivos. En realidad pequeños tesoros que pueda desenterrar alguna vez, si me sobreviene  el horror de sentir que una cara que un día fue importante no aparece  cuando la pienso.

Me conmueve pensar en la emperatriz Zoe de esta forma. Todas las riquezas del imperio bizantino a sus pies, todas sus sedas traídas de países lejanos, los cuidados de sus sirvientes, sus aposentos cubiertos de oro, sus tronos con piedras preciosas incrustadas, sus vestidos exuberantes, sus intrigas de palacio, todo, reducido a un dibujito. Ella allí, vulnerable, tan desnuda como todos lo estamos, ocupada en el detalle de revisar el rostro de su nuevo marido. Delante de lo que, al final, es lo importante, incluso si nos referimos al  poder, de lo que no tiene precio, pero lo tiene todo, de lo que no se compra ni se vende, de lo que está por encima de las cosas y de los bienes, de los paisajes y de las casas, de lo más temido y lo más querido: el Otro. Su mirada, su risa, su voz, su saber, su olor, su aprobación, su recuerdo, su odio.  Su amor.

Hace tiempo que sé que lo que yo entiendo por felicidad no está ni en las cosas ni en mí mismo. Por eso procuro alejarme de mí  y volver de tanto en tanto. Irme a los otros y volver renovado. Podía haber intuido hace mucho que la felicidad estaba en eso, cuando era un adolescente y empezaba a leer con la misma hambre que leo ahora. Cuando me gusta un escritor, leo toda su obra. Así estoy, enfermo de Garcia Marquez, de Cortazar, de Malcom, de Kapunscinski, de Carrère, el último. Espero febrilmente sus nuevas novelas, sus ensayos o artículos y me entristezco y me enfado cuando se mueren. No me limito a leerlos; busco sus fotos, escarbo en sus amores, en sus comentarios más allá de sus obras, en sus ramificaciones. Leo lo que dicen de ellos y lo que ellos dicen que leen. Amigos imposibles, pero cercanos a pesar de todo. Podía haberlo intuido, decía, porque la lectura me daba y me sigue dando memorables instantes de felicidad. Podía haber intuido que la felicidad estaba fuera, en la lectura de un libro, que es una de las mejores  maneras de estar en alguien.  Descansar de mí, de mi voz, de mis ideas, de lo que opino o dejo de opinar y abrirme a Otro, eso es leer. Podía, digo, pero era un adolescente.

Después, en la treintena, seguí un tiempo con mis pequeños onanismos.   Pasé una época de mi vida en la que estaba constantemente pensando en mí, en lo desgraciado o afortunado que era. Unos tardan más que otros en dejar  de ser el niño egoísta que se mira constantemente el ombligo. Cuesta quitarse. Es comprensible, no deja de ser masturbación, aunque sea intelectual, y da placer. A veces   vuelvo a ello, pero muchísimo menos. Aburrido de vivir, pesado, pensaba en las cosas que, por supuesto, solo me pasaban a mí: ¡Oh! ¡Desdichado! ¡Oh, pobre de mí! ¿cómo cambiar? ¿ cómo autoconocerme? ¿cómo autoayudarme? Mis planes, mis proyectos, mis miserias. Yo, yo, yo, yo. Me preguntaba una y otra vez  si era feliz o no lo era, o que iba a ser de mí y de mi vida. Una forma como cualquier otra de ir muriendo.

Todo empezó a cambiar poco a poco. Por muy obvio que parezca lo que voy a decir, a mí me costó un buen puñado de años aprenderlo. No sabría decir cómo pasó, pero si que recuerdo dos momentos.
En uno de ellos pude experimentar algo parecido a lo que Philip Roth cuenta en  Patrimonio respecto a su padre enfermo. Ocurrió en un hospital. Cada noche,  durante unos días, acompañaba al lavabo a mi madre para que se duchara o hiciera sus necesidades. Ella tenía un brazo inmovilizado y andaba medio sedada. Mientras le quitaba la ropa y le daba un suave masaje en la espalda, sentía  una sensación extraña, inconfesable. Tristeza por verla así, enferma, pero a la vez felicidad por estar allí, por estar viviendo eso con ella, por esa oportunidad, yo, su hijo, devolviéndole, aunque solo fuese una parte infinitesimal y ridícula, todos sus años de amor incondicional.
El segundo momento fue unos años antes, cuando alguien muy querido enfermó de cáncer. Nunca hasta entonces me había sentido tan aterrorizado. Nunca antes había sentido lo poco que  importaba yo en ese momento, lo poco que valían mis miserables neuras cotidianas y como me reconfortaba saberlo. Nunca como antes había entendido que la vida para mí estaba en los otros y  que sus muertes serian también como irme muriendo a pedazos.

 No solo han sido los escritores que leo o las experiencias más dolorosas con gente que  quiero, las que me han enseñado a salir de mí. También han habido pequeños retazos cotidianos: escuchar atentamente a alguien que se sienta en mi despacho, atender a mis sobrinos, preguntar a un amigo, mirar a mi mujer, charlar con un desconocido en algún viaje. Ahora que lo pienso y lo escribo, sé que siempre ha sido así, pero la diferencia es que ahora me dejo llevar, pongo los cinco sentidos en ello, y observo como, poco a poco,  el centro deja de ser yo y pasa a ser   ellos de una forma natural. Para alguien tan poco creyente como yo, tan apegado a la ciencia, a los hechos, tan celoso de su soledad y de su espacio, tan orgulloso, ha  significado todo un descubrimiento. Los Otros, todo lo que son, lo que saben, lo que ofrecen, lo que muestran y lo que no, lo que quieren, lo que temen, lo que aman.

He escrito que encuentro la felicidad alejándome de mí, pero eso es solo una parte de una verdad paradójica. Porque mientras más nos acercamos a los otros más nos acercamos a lo que somos. Porque en el rostro de cualquier hombre están todos los rostros del mundo. Como decía Ortega y Gasset “el otro hombre como tal, es decir, no solo su cuerpo y sus gestos, sino su yo y su vida me son normalmente tan realidades como mi propia vida”. Así que cada persona que forma parte de mi universo habla también de mí. Los otros, mis Otros, son también yo.

Cenamos un delicioso bocadillo de pescado fresco en el muelle de Eminönü, en Estambul, antes de partir. Mientras repaso en el móvil las fotos de Santa Sofía y el mosaico de Zoe y su marido, mi alrededor es una fiesta constante de mesas llenas de gente. Dice la Lonely Planet que los turcos no conciben ir a ningún sitio si no van acompañados. Los entiendo. Desde hace tiempo sé que, viajar solo, es un oxímoron. 
 

lunes, 19 de mayo de 2014

APUNTEN

Alaska, 19 de mayo de 2014,

Sí, lo sé, tengo un poco olvidado el blog. Tengo motivos:


Este viernes, 23 de mayo, a las 20h, presento mi libro en la Biblioteca Pública Iu Bohigas, de Salt. Cortesía de mi amiga Anna Vilanova, una de las alma mater de un excelente artefacto cultural: Can Can Cultura. Prometo no dar mucho la chapa (Luce, dixit).


El martes 27 de mayo, a las 9h, doy una charla sobre educación social y ciencia en la Universidad Autónoma de Barcelona para los estudiantes de educación social. Comprenderéis que estas dos cosas juntas, ciencia y educación, me pongan mucho. Estáis invitados, por supuesto. 

Y en teatro, Los Sánchez no paramos: El 6 de junio, a las 21h, volvemos con EDUCADOR SOCIAL EN ALASKA remasterizado y el viernes 20 de junio, también a las 21h: EL AÑO DEL CERDO (las dos en sala Almazen, por supuesto).
Ah! y, pa los peques y sus padres, el espectáculo Xup-Xup, el 30 de mayo, en Massamagrell. 

Si nos vemos en alguno de estos sitios no se olviden de saludar, hombre ya.