jueves, 4 de febrero de 2016

¿UNA NEUROEDUCACIÓN SOCIAL?














Alaska, 2 de febrer de 2016,

Empiezo por el final. He leído hasta ahora tres clases de críticas a la neuroeducación. La primera habla acerca de su éxito, el peligro de que lo "neuro" sea solo una moda más, que pasará de largo. La segunda, relacionada con la primera, se refiere al peligro de inferir con demasiada ligereza que algún nuevo hallazgo de actividad encefálica  corresponde  a un patrón de conducta humano, por muy complejo que este sea. Como dice el comunicador científico Cesar Tomé en el artículo, La neurociencia como religión, correlación no implica causalidad: "Solo porque ciertas partes del encéfalo se activen más porque leo un poema o aprecio la belleza de una ecuación matemática, ello no implica que la actividad encefálica sea responsable del sentido de la belleza o de la capacidad de abstracción que experimento".  
Nada que objetar. Hace años que leo a científicos y divulgadores científicos y espero de ellos lo mismo que la ciencia les exige, rigurosidad en sus investigaciones y en sus extrapolaciones. Soy lo más escéptico que puedo pero, como simple aficionado, seguro  que me la neurocuelan más de una vez. Aunque en estos asuntos lo que me tranquiliza es que sea la misma comunidad científica la que vigila que nadie de los suyos se pase de listo.
He comentado dos. La tercera de las críticas que he leído estos últimos meses acusa a la neuroeducación de estar diciendo cosas, como por ejemplo que el juego es importante en el aprendizaje, que los educadores ya sabíamos hace mucho. Pero esta critica a mí me parece un elogio. Muchas veces la ciencia corrobora prácticas que ya se intuía que funcionaban, pero comprueba si de verdad funcionan y a qué se debe que funcionen.  A mí no me parece poca cosa.

Dicho lo cual,

Ayer vi una excepcional entrevista que le hacía Josep Maria Espinàs a Salvador Pániker, en la que el filósofo hablaba (¡en el 86!) de la importancia de las neurociencias y de la necesidad de lo interdisciplinario, de lo híbrido para que se produzca conocimiento, abogando ya entonces por una tercera cultura - aunque Brockman aún no había acuñado el concepto- que aunara lo humanístico y lo científico. Para entonces el biólogo G.M. Edelman ya había dejado escrito que "nos hallamos al comienzo de la revolución neurocientífica".
Cuando yo empecé a estudiar educación social la ciencia no solo estaba ausente del discurso, no solo el diálogo entre disciplinas diferentes era complicado, es que, dentro de una disciplina -la pedagogía, la filosofía, la psicología, lo que fuese- uno debía ser fiel a un modelo - estructural, sistémico, cognitivo, lacaniano, lo que fuese- siendo totalmente impermeable a cualquier otro. El eclecticismo como insulto. Y si bebías de la pedagogía social, por poner el caso, tenías que hacerle ascos a la biología. Y si eras lacaniano no te hablabas con nadie. Así me críe. Pero uno crece y aprende fuera de sus marcos de referencia. El ser humano es social y es natural y creo, con Pániker, que esa complejidad solo se puede abordar desde una mirada híbrida y una mente abierta al conocimiento, a costa, a veces, de traicionar tu modelo. Los modelos pueden tener contradicciones insalvables entre ellos, pero es de ese choque y ese diálogo de donde surge el mejor conocimiento. El único límite al diálogo, lineas rojas le llaman ahora, debería ser, creo yo, el de la verdad, la rigurosidad y la objetividad.
El ser humano es relaciones sociales, y es cultura, y es comunidad y es familia, pero también  es actividad eléctrica, y lóbulos centrales, y neuronas y conexiones sinápticas. Renunciar al saber científico es practicar una educación social muy limitada.

Después de un rato, con un café,

Una de las cosas más interesantes que aporta la neurociencia (y también la psicología evolutiva) a la educación social es la forma de entender el comportamiento humano y la forma cómo aprendemos. En definitiva, provoca un cambio en la mirada al otro y a nosotros mismos. Desde la educación social, igual que desde otras disciplinas, se intenta poner orden en el caos que puede ser o parecer el comportamiento de una persona. Se ha llegado a un cierto consenso según el cual las características de la persona, su carácter, y, sobre todo, los condicionantes sociales (la familia, el entorno, etc.) explican el comportamiento. Digamos, para entendernos, que  hemos tenido hasta ahora en cuenta lo social y lo psico, lo cual está muy bien, pero que nos hemos olvidado por completo de lo bio.
La neurociencia introduce una nueva mirada sobre nosotros mismos: la ilusión del "yo". Cuando tomamos decisiones parece que lo hagamos racionalmente, que hay un "yo" que siempre decide, pero parece cada vez más evidente que primero tomamos la decisión y luego racionalizamos. Muchas de nuestras acciones las hacemos inconscientemente, aunque nuestra mente construya una explicación razonable a posteriori. Es cierto que el psicoanálisis dice más o menos lo mismo, seguramente su mayor acierto, pero las explicaciones que luego da de este fenómeno pertenecen al terreno de la fe y ya saben que yo soy poco creyente. Aunque si hacemos caso de Francis Crick, el problema central de la conciencia y su base neurobiológica solo se comprenderá del todo en torno al 2030. Tenemos tiempo de darle vueltas al asunto.

¿Qué tiene que ver esto con la educación social? ¿Qué tiene que ver con el trabajo que el educador puede hacer en un centro residencial, en unos servicios sociales o en una escuela? Somos actividad eléctrica, aprendemos por conexiones neuronales, nuestro "yo"  se conforma a base de actividad sináptica. La neuroimagen, la genética o las simulaciones computacionales están dando pistas a la neurociencia sobre cómo influyen determinados factores en nuestro comportamiento y en cómo aprendemos. Algunos de esos factores hasta ahora no se habían tenido en cuenta en nuestro trabajo o se desechaban como poco importantes. Como comenta el neurocientífico Manfred Spinzer (citado por Anna Forés en la introducción de Neuromitos en educación, un libro imprescindible) la neurociencia será a la educación lo que la biología ha sido a la medicina. Nuestro cometido seguirá siendo la justicia social, por supuesto, pero por qué no tener también en cuenta, para trabajar para una sociedad más justa, lo que vamos conociendo sobre el comportamiento de las personas. Las relaciones del sueño con la creatividad, la actividad física que genera neurotransmisores que mejoran el estado de alerta, la atención y la motivación, la importancia del juego en los procesos de aprendizaje, la relación entre los lóbulos frontales y la novedad, la música y su relación con nuestros recuerdos, la importancia del entorno en el comportamiento y en el aprendizaje, la importancia de las actividades artísticas, el papel de la dopamina y la serotonina en el aprendizaje y los estados anímicos y un largo etcétera de investigaciones que van sugiriendo aplicaciones educativas.
Hay que ir poco a poco, estamos hablando del cerebro, estamos hablando de la persona. Pero yo seguiré de cerca lo que hacen los neurocientíficos y lo que proponen si así puedo ayudar más a las personas que atiendo.

PD: Con el café me he comido una galleta Cuétara de las que siempre andan por casa.  Hace poco leí que un estudio de psicólogos de Columbia aseguraba que las probabilidades de que te den la libertad condicional son más altas si los jueces acaban de desayunar. Por el contrario, después de un duro día de trabajo, con los niveles de glucosa más bajos, los jueces optan por dejarte entre rejas, la opción más segura para ellos y que menos esfuerzo les produce. Supongo que ninguno de esos jueces sospecha que sus sentencias tienen algo que ver con el cruasán que se acaban de zampar. Por si alguien todavía duda de que, a veces, el cerebro va a su bola.
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viernes, 22 de enero de 2016

QUADERNS, CUANDO LO ÉTICO Y LO ESTÉTICO VAN DE LA MANO


Alaska, 21 de enero de 2016,

Hace cuatro años nos propusimos cambiar de arriba a abajo la revista Quaderns d'Educació Social, que edita el CEESC. Estábamos convencidos de que lo riguroso no tiene  por qué ser feo. Íbamos a sacar un artefacto en papel y queríamos, parafraseando a Steve Jobs (hoy me he levantado estupendo), mejorar la experiencia de usuario. Hacer algo que diera gusto tenerlo entre las manos, que fuese elegante y que ofreciera un contenido de calidad y bien escrito . Que se tocara, se viera y, sobre todo, se leyera con placer. Creo que  número tras número lo estamos consiguiendo.

Ilustrado por Virina Chavira y con un cómic central de Jose Coomonte, nuestro último número trae, entre muchas otras cosas, una excelente entrevista a la filósofa Begoña Roman,  reportajes como el de Ana Avellaneda y Sandra Costa sobre la salida de los centros a los 18 años y artículos sobre el suicidio, los cambios profesionales o el contexto escolar. Sin olvidar la entrevista a Sonia Fernandez Vidal, divulgadora científica, autora de  Desayuno con partículas y Quantic Love. Porque otras de las señas de identidad del nuevo Quaderns es que hemos introducido la ciencia por la puerta grande de la educación social. Contribuyendo, modestamente, a lo que Brockman llamó Tercera Cultura; la necesidad de aunar la cultura humanística y la científica.

¡Que ustedes lo disfruten!

PD: Quaderns d'educació social sale una vez al año. Se puede hacer la suscripción o comprar ejemplares sueltos aquí.




jueves, 7 de enero de 2016

5 REFLEXIONES SOBRE EL EDUCADOR SOCIAL EN LA ESCUELA



Alaska, 7 de enero de 2016

La Fundació Jaume Bofill propone un debate el 3 de febrero sobre el rol que debería tener un educador social en las escuelas (podrá seguirse por streaming y por twitter con el hasthag #aulabofill).
Hay artículos muy buenos que tratan el tema con exhaustividad, por ejemplo el de Sarai Menacho o el de Miquel Castillo, que pueden leerse en eduso.net. Así que este post son solo unas cuantas aportaciones al debate, basadas en mi experiencia en Cataluña.

Antes de empezar, una premisa: el educador social ya está en la escuela. Los educadores de servicios sociales, yo mismo, llevamos mucho tiempo trabajando. Lo hacemos entrevistando a madres y padres, planteando proyectos dentro de las aulas, asesorando a profesores. Hacemos lo que podemos con el tiempo que nos deja el trabajo en atención primaria. Muchos de nosotros conocemos bien la institución escolar. Es cierto que no estamos dentro de su organigrama, lo cual es un handicap y una suerte. Dificulta alguna toma de decisiones, pero nos permite trabajar con libertad, sin la presión institucional. En este sentido, he visto a educadores dentro, ahora sí, de la escuela, con un papel totalmente subsidiario, una especie de auxiliar que intenta apagar fuegos, sin ningún peso ni poder de decisión en el centro. Ello es (como diría Pániker) una invitación a que los que negocien la entrada del educador en las escuelas no lo hagan a cualquier precio.

¡Agua va!

1. El educador social podría ser una pieza clave en el diseño de planes, proyectos, programas, en fin, llámesele cómo quiera, destinadas a que ningún niño del centro (sí, he dicho ninguno, en esto hay que ser ambicioso) fracase. En ese sentido, puede aportar todo su conocimiento en trabajo preventivo, familiar, comunitario, en red, en situaciones de conflicto, de desventaja social, de educación en la diversidad, etc. Es decir, debería de tener un rol organizativo y planificador, además de ejecutivo.

2. Un educador en una escuela debería ser alguien de intervención directa, no un mero "derivador" a otros servicios. Es decir, alguien que entreviste a niños y sus familias y averigüe qué está pasando y cómo puede trabajarse lo que está pasando desde la escuela y fuera de ella. Y que, obviamente en coordinación con los profesionales que haga falta, sea el que rompa la poca permeabilidad entre instituciones. Para un educador social en la escuela, por definición, no deberían existir las fronteras institucionales, ese "esto es social, o académico, o mental" que tanto entorpece el trabajo. Una cosa es la especialización profesional y otra las barreras institucionales. Si hay un profesional que puede tener  una mirada global sobre el niño es el educador social. Conclusión: un profesional de la escuela que pueda trabajar también fuera de ella. En este sentido, me parece de especial relevancia la experiencia del proyecto Casas d'Infants. Su manera quizás poco ortodoxa, pero muy efectiva, de trabajar con la infancia en riesgo social es una de las más innovadoras del panorama educativo en estos momentos. 

3. Llevo siglos (uno es mayor) oyendo la necesidad de que la comunidad se implique en la escuela. Salvo excepciones (experiencias como el banco común de conocimiento o las escuelas expandidas), la escuela y la comunidad continúan igual de impermeables. Me parece que un educador social es un profesional preparado para crear puentes entre la comunidad y la escuela. Implicar a la comunidad también es implicar a las familias y el educador social es un experto en el trabajo con ellas. Pienso en todas las familias, no solo en las familias de los niños con más problemas o desventajas sociales. Obviamente, estas podrían tener una atención más específica, pero ya estoy viendo un trabajo común (hablo de trabajo común, más que de coordinación, porque en determinados casos de alta dificultad los profesionales tenemos que superar la coordinación y trabajar juntos) entre el educador social de la escuela y el de otros profesionales y agentes sociales para volver a crear puentes, quizás inexistentes o rotos, entre familia y escuela. 

4. Un educador social es un profesional con experiencia en la intervención en el conflicto. Creo que además de trabajar directamente en la gestión o resolución de conflictos que se den en la escuela, puede asesorar a profesores, alumnos y familias en este aspecto, además de implementar programas de mediación. También es un profesional capacitado para detectar y prevenir situaciones de vulnerabilidad de los alumnos y puede asesorar y trabajar junto con los profesores en este terreno. 

5. El educador social también puede introducir y facilitar en la escuela elementos para trabajar los espacios sociales entre clases. Potenciar la escuela, toda la escuela, como espacio socioeducativo, donde  socio no es solo un apéndice. Potenciar espacios informales dentro del espacio formal que es la escuela que ofrezcan formas novedosas de tratar la diversidad. El educador no tiene que dominar contenidos académicos, tarea del profesor, pero sí que puede aportar sus conocimientos (que se me antojan transversales) sobre  la importancia del contexto social y emocional en el desarrollo del niño, y también aspectos más novedosos (ya no tanto) como la identidad digital, la importancia del buen uso de la tecnología, etc. 

Ya había comentado al principio que son solo unas cuantas ideas para el debate. Eso sí, cualquiera que me haya leído atentamente habrá adivinado que en el perfil que yo propongo no cualquier educador social puede serlo de una escuela. De la misma forma que en las escuelas finlandesas el profesor es una figura de prestigio y son seleccionados los mejores, yo propongo un educador de élite. Creo que para ser educador social de una escuela se debería de tener una gran experiencia, como mínimo, en el trabajo con familias, en contextos conflictivos, en trabajo en red, etc. También propongo que además de las funciones que vengan determinadas "desde arriba", el perfil del profesional, aquello en lo que es experto y en lo que es mejor, acabe también definiendo, en la práctica, sus funciones en una escuela concreta. Una forma de introducir la calidad y la innovación en una institución con estructuras demasiado burocráticas y rigidas. 

Y de la misma forma que tiene que serlo el profesor, el educador social debería ser una figura de prestigio tanto fuera como, lo más complicado, dentro de la escuela.
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EDUCADOR SOCIAL EN ALASKA y CABARET CORTÁZAR vuelven en 2016. Viernes 8 y sábado 9 en Almazen. Reserva de entradas para el Alaska aquí, y para el Cortázar aquí. 






martes, 3 de noviembre de 2015

NEUROMITOS EN EDUCACIÓN (SOCIAL)


Alaska 3 de noviembre de 2015,

El libro Neuromitos en educación. El aprendizaje desde la neurociencia. Voy leyendo y es como si me encontrara menos solo, porque entre los autores está mi querida Anna Forés y porque hasta ahora no había leído nada sobre neurociencia de alguien tan relacionado con la educación social. Cuando en 2008, después de leer a Dawkins, Pinker, Eagleman o Gould, empecé a dar la vara en este blog con eso de que la ciencia, la biología, la genética, o la psicología evolutiva también tenían que ver con nuestra profesión me sentía un rarito. Como si yo mismo me fuera dando golpecitos en la espalda diciendo sí, sí, hombre que sí, que es muy importante, seguro, pero tú déjate de ciencias, que para el día a día ya está Freire.
Así que este libro llega en un buen momento, con la neurociencia entrando por la puerta grande de la educación, ocupando su sitio, amable pero enérgica, al lado de la filosofía, la sociología o la pedagogía. 

Y habla de cosas que ya se pueden aplicar directamente a la educación social. El otro día, sin ir más lejos, entré corriendo en la reunión con la escuela con el libro en la mano y este fragmento en fosforito que parecía escrito pensando en el alumno X: «Un simple paseo por un entorno natural permite segregar una serie de neurotransmisores que recargarán de energía circuitos cerebrales que intervienen en la atención o la memoria y que se saturan como consecuencia de la actividad escolar continuada». Cosa especialmente efectiva para los chavales con TDAH. Neurotransmisores, circuitos; orgasmo para mis oídos. Ya no soy yo, el educador, qué buen rollo, reclamando un poco de aire fresco, algo diferente, para un crío. ¡Es la ciencia! Y yo con ella. Hace años ya había utilizado a Susan Pinker también en fosforito para explicar que el TDAH, bien trabajado, había sido el secreto del éxito de algunas personas. 

El libro de Anna y sus compinches es un libro importante. No va de educación social, pero yo la veo por todos lados. Por ejemplo cuando rompe el mito que dice que cuantas más horas pasen los alumnos en la escuela, más aprenderán. Y aboga por el enseñar menos, aprender más, una de las claves del éxito del sistema finlandés de educación junto con los puentes que se establecen entre las familias y la escuelas. Pura educación social.
Por supuesto que hay que ser prudentes antes de incorporar cualquier descubrimiento científico al mundo educativo y no dejarse llevar por modas pedagógicas. Todo lo prudente y lo rigurosa que es, en sí, la ciencia.

Hace unos días leí un tweet de Fernando Trujillo que decía: #Reflexióneducativa: se nos viene encima una ola de neurociencias cuando necesitamos una lluvia fina de sociología y antropología educativa.  Discrepo de Trujillo. No veo ninguna ola, en el sentido que creo que le da Trujillo, de algo que arrase irrespetuosamente con todo. Sí veo una lluvia fina, muy necesaria, de neurociencia  y de ciencia en general. Y también veo, a veces, poca permeabilidad entre disciplinas. En educación social, en particular, es la ola pedagógica la que arrasa con todo. No estaría mal que a sus aguas se sumen un poco de ciencia si quiere ser, también, ola de conocimiento.

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Hablando de teatro, este fin de semana Factoría Los Sánchez volvemos a la sala Almazen, el viernes 6 de noviembre con Educador social en Alaska y el sábado 7 con Cabaret Cortazar, lo nuevo de la Factoría. Nos vemos en el teatro.