jueves, 6 de agosto de 2015

AGOSTO EN ALASKA (2).LA AMERICANA.





Alaska, 6 de agosto de 2015,

El fin de semana pasado mis amigas Ch y N me acompañaron a comprarme una americana. N me dijo que habían salido unas tipo jersey perfectas para alguien que no se atreve todavía a ponerse una. Una especie de americana transición. No entiendo de moda, pero creo que sé de lo que habla. La americana, como una corbata o una pajarita, es una pieza de ropa cargada de significado. No importa que abrigue, la cuestión es que vista y comunique. En realidad toda la ropa lo hace, por eso, para el  que no se ha puesto nunca una americana (no es mi caso, ya le he cogido el gustillo y estoy deseando que haya una excusa para ponérmela) resulta un paso difícil. Un salto. 

Los gremios profesionales se visten de una manera u otra, no estoy descubriendo nada nuevo. El de los educadores sociales tiene, como cualquier otro, sus prejuicios con la ropa. Recuerdo, hace más de veinte años -oh, my good!-, en el primer centro de menores donde trabajé, que el equipo empezó a mirar con malos ojos a una educadora recién incorporada porque vestía más o menos bien.  La pedagogía obtusa de entonces -social, eso sí-  defendía que para trabajar con pobres había que vestirse de pobres. Eran tiempos de la hostia pedagógica y la pedagogía de la vida cotidiana y la educación social era una cuestión marginal, como su ropa. 

Afortunadamente la cosa ha cambiado y hoy, cuando entro a clase en primero de educación social, las alumnas (la mayoría son mujeres) visten más o menos como les da la gana. Homologables a cualquier joven de su edad  de cualquier carrera en cualquier universidad pública.

Han cambiado las costumbres, pero algunos prejuicios se mantienen. Todavía recuerdo que en el último Congreso de Educación social, en Valencia, hace dos días, muchos comentaban entre pasillos o en Twitter que había demasiadas corbatas en el acto inaugural. Los prejuicios sobre el vestir han cogido un nuevo impulso y ahora se han trasladado a la política. Cierta izquierda (en esto del vestir la izquierda siempre ha tenido muchos más prejuicios que la derecha, aunque se diga lo contrario) quiere vender el mensaje populista de que el traje chaqueta es sinónimo de corrupto y que lo limpio y puro es la camiseta con mensaje. Corre un vídeo de la CUP por youtube que es muy ilustrativo. 
Yo lo que creo es que con esa política de efectos en la que algunos partidos están cayendo hacen lo mismo que han criticado siempre de la política clásica. Al final nos acabamos fijando en la camiseta y no en el mensaje. A lo mejor es que la nueva política, la política rabiosamente joven, esa que tiene que acabar con las casta y con lo antiguo es pura política de imagen. Vieja. 

Total, que me probé la americana jersey pero parecía que había salido de la ducha con el albornoz. Nada que ver con la americana con la que hice mi última charla, en Terrassa y que, como podéis ver en el vídeo de arriba, me quedaba como un guante. 


Vídeo: IV Jornada "El procés d'acompanyament amb adolescents en medi obert". 13 de maig de 2015, Terrassa. 

viernes, 31 de julio de 2015

AGOSTO EN ALASKA (1)


Alaska, 31 de julio de 2015,

Estaba en el Machu Picchu, mirando las ruinas desde un montículo, intentando sentir lo que me había imaginado que sentiría en ese momento, cuando planificaba el viaje. Pero no, todo en mi era muy sobrio, normal, decepcionante y Machu Picchu  parecía poco más que la copia de algo ya muy visto. Un selfie de felicidad forzada. Me pasa a veces como esos jugadores de fútbol que después de haber ganado la copa de Europa, o del mundo, le dicen al periodista que ahora no pueden sentir nada, que hasta dentro de un tiempo no serán conscientes de lo que han hecho. En el fondo se habían imaginado tanto la gloria que cuando la consiguen la gloria se muestra muy prosaica. Muy poca cosa. Buscan y no sienten lo que pensaban sentir y se dicen que quizás mañana. Pero no saben que mañana no habrá nada, que las gentes que les aclaman estarán mañana en sus asuntos y que mañana no habrá gloria ni habrá Machu Picchu. Será que no podemos planificar la gloria, la felicidad o el éxtasis y solo aparecen, si es que lo hacen, en los lugares y en los tiempos más insospechados. (*)

Estaba en el Machu Pichu y mi amigo Jordi Alba sacó sus lápices y su libreta y me dijo que iba a hacer unos apuntes al natural. ¿Por qué no?  Yo también podía coger mi boli y mi cuaderno y hacer unas descripciones, para soltar la mano, en plan escritor profesional. Pero no se me ocurría nada, apenas balbuceos y me quede allí sentado, mirando las ruinas, como si no fuese yo el que las mirara.

De alguna manera, este  diario de verano que ahora empiezo es un intento de seguir aquel cuaderno, de ir apuntando las cosas que se me ocurran, sin pretensiones e ir soltando la muñeca hasta septiembre, cuando empiece el curso.

Para empezar Agosto en Alaska, un apunte de una conversación de Janet Malcolm y el pintor David Salle. Malcolm es la autora de En los archivos de Freud, y El periodista y el asesino, dos obras maestras del periodismo y una de las mujeres más inteligentes, incisivas y buenas personas que he leído nunca.

"Un día, hacia el final de una conversación que estaba manteniendo con el pintor David Salle en su estudio, en White Street, me miró y me dijo:
- ¿No te ha pasado nunca? ¿No has pensado alguna vez que tu verdadera  vida aún no ha comenzado?
- Creo que sé a qué te refieres.
- Lo sabes... Pronto. Pronto comenzará tu verdadera vida."

Malcolm tiene esa virtud de escribir de forma que parezca que esté escribiendo para mí. Me pilla siempre desnudo y me arranca la máscara a cada palabra. Sí, a veces me ha pasado.  Esa sensación de que ahora sí, ahora empieza todo... de verdad.



(*) En efecto, el éxtasis, la explosión de dopamina que es la sensación de felicidad, ocurre cuando menos te la esperas. Por ejemplo un año antes, en el parque Huerquehue, en Chile. Un escenario bonito pero no tan majestuoso como el Machu Picchu. Estaba solo y escribí en mi diario exactamente esto: "Soy muy feliz de estar aquí. De sentirme parte de todo esto". Después me hice la foto que ilustra este post, supongo que para no olvidarme. 






martes, 21 de julio de 2015

LOS SÁNCHEZ (3)





 Los Sánchez(1)   


 Los Sánchez (2)


Alaska, 21 de julio de 2015,

Córdoba. Él vivía en el barrio de Huerta María Luisa y ella en Las casas baratas. Yo, como siempre que mi padre habla de Córdoba, imagino patios y paredes blancas y flores a mansalva. A lo mejor no (¿casas baratas?), pero ya les preguntaré más adelante.

Mi madre, que solo calla si te inventas una excusa y te levantas y desapareces, da algunos rodeos. Pero mi padre, hombre preciso, de frases, dice: “A mi, de tu madre, me atrajo el olor de los caramelos.” Y se calla y hay que sacarle los detalles con el taladro. “Ella pasaba por mi barrio pero yo, desde donde estaba con mis amigos, no la veía. Lo que me atrajo era el olor a caramelos, ¿verdad, niña?”. La niña asiente.
Y yo me imagino a mi madre saliendo de la fábrica de los caramelos Capuchinos, que se llamaban así por los capuchinos del Cristo de Los Faroles, con la bata de faena llena de trocitos de golosina, y a mi padre apareciendo detrás de un cerro, atraído por el chocolate, la fresa, la menta, adolescente y salvaje.

Después de tan inmenso prólogo, alguien que no sea yo podría esperarse un encuentro a la altura, entre saetas o toros, o un beso robado en el Alcázar de los Reyes Cristianos a la luz de la luna de Córdoba. Pero son mis padres. Personas sensibles y pragmáticas. Después de cruzarse la mirada durante días, una vez que mi padre descubre que la que huele a caramelo es una joven morena, menuda y preciosa, él se presenta en casa de ella, sin mediar palabra.

¿Y tú que haces aquí?
¿Quieres que te acompañe a la fábrica?
¿Que me acompañes? ¡Cucha! No hace falta que me acompañe nadie. Yo ya sé ir solita.

Ese no hace falta que me acompañe nadie lo cuenta mi madre mirando a mi padre como si estuviese en la puerta de su casa, en Córdoba, con veintipocos años. Mujer de carácter. 
Pero parece que sí, que la acabó acompañando.

(Continuará)


miércoles, 1 de julio de 2015

EUROPA

Alaska, 1 de julio de 2015,

Ayer, P, una señora muy simpática que tenía entrevista conmigo a las once me contó que la puerta de la calle de su bloque de siete pisos llevaba un año estropeada. No me llegan tus citaciones porque alguien entra y roba las cartas. ¿Y por qué no arregláis la puerta? La arreglamos, pero la vuelven a romper los propios vecinos. ??? . Sí, Quique, es una cerradura de seguridad pero hay algunos vecinos que dicen que no pueden pagar la llave, que es muy cara, ya ves tú, diez euros, y estoy segura de que son ellos los que rompen la puerta  (bueno, claro, pienso yo, si no pueden entrar). ¿No podríais hacer algo los servicios sociales? Ya veo venir que voy a acabar escaldado. Iba a decirle que no, que no podemos hacer nada, pero en ese momento me puede más el mediador que (también) llevo dentro y sigo preguntando.

¿Y sabéis por qué no pagan la llave? Si solo fuese la llave. No pagan la llave, ni la escalera, dicen que no tienen para pagar, pero yo creo que no quieren pagar. ¿Y si arregláis la puerta  pero les dais la llave a todos los vecinos? ¡Si hombre! Ya, pero, bueno, tendríais la puerta arreglada. ¡Pero si le diésemos la llave al que no paga al final nadie pagaría ni la llave ni la escalera, anda qué...!  
Creo que me estoy metiendo donde no me llaman y que al final alguien me acabará pidiendo algo. Pero sigo. 
Quizás podéis decidir darles la llave, como un préstamo, y que la paguen poco a poco. Total, diez euros. ¿Diez euros? ¡Pero si deben un pastizal de escalera! Estos no van a poder pagar nunca lo que deben. (Cállate Quique y acaba ya la entrevista) Bueno, nunca, nunca es mucho decir, pueden encontrar un trabajo y mejorar su sit... ¿Trabajo? ¡Si esos no quieren trabajar! Hombre, no sé, ¿estás segura? Habrá de todo, ¿no? ¿ni uno quiere? ¡Ninguno!
Además, Quique, ¿sabes cuál es el problema?, que todos queremos disfrutar de la escalera, pero solo nos preocupamos de nuestra casa.

Se va. Con la puerta rota. 

martes, 16 de junio de 2015

SOLOS

Alaska, 16 de junio de 2015,

El suicidio. ¿Qué hace que un joven no quiera vivir y se mate? Me entero de su muerte un día de entrevistas. Instintivamente busco su Facebook. Hay alguien que espera fuera de mi despacho, impaciente, como una metáfora cruel de que la vida sigue. Su perfil es el de cualquier adolescente, lleno de vida, de amigos, de fiesta, de luz. Es terrible. A partir de la muerte ya nada sirve, nada puede repararse, es tarde para todo y todo lo que se diga es insignificante y leve. 

En las fotos de su muro está la misma cara que yo vi en mi despacho las cuatro o cinco veces que vino a hablar conmigo. La misma expresión tranquila y serena. Nadie sospechaba nada. Yo tampoco. Cuando pienso en tanto sufrimiento en silencio. Pobre. ¿Por qué? ¿Es que acaso nadie le dijo nunca que todo tiene remedio menos la muerte? 

Cierro la ventana de su Facebook y atiendo la visita que está esperando fuera. Impaciente. Pienso en él mientras relleno un formulario para una beca de comedor. Su recuerdo se le parece dolorosamente. Me siento tan inútil. Este trabajo de redes, de equipos, de vínculos, de acompañamientos. De soledad.