miércoles, 22 de diciembre de 2010

MEDIACIÓN FAMILIAR


Alaska, 22 de diciembre de 2010,
He vuelto a hacer algunas mediaciones familiares. Cuando me llaman para hacer de mediador lo vivo casi como un apéndice de mi trabajo, aunque no sea mi actividad profesional habitual. La mediación se parece a lo que hago a diario, pero con importantes matices.
Me gusta hacer mediaciones. Me desengrasa. Hay significativas diferencias entre una mediación y otro tipo de intervención, como puede ser una entrevista o una reunión. Hay una que es fundamental: la absoluta necesidad de estar todo el tiempo concentrado. No quiere decir que no lo esté cuando hago entrevistas en servicios sociales, por ejemplo, pero no de forma tan imperiosa. Por eso una mediación me deja exhausto.
Cuando atiendo a diario a personas en servicios sociales, vengan solas o acompañadas, me plantean un problema en el que están de acuerdo. Casi siempre acabamos hablando de un tercero (sea una persona o una institución) que no está en el despacho. Digamos que  tengo a ese tercero en consideración pero que me debo en cuerpo y alma a mi interlocutor.  En mi rol de educador intento ser imparcial, pero no es la imparcialidad lo fundamental de mi relación con el otro, sino la transmisión, la comunicación o la escucha, por ejemplo. En la mediación todo eso también es importante. Muy importante. Pero la imparcialidad es fundamental: el tercero está presente. Ser imparcial y, casi me atrevería  a decir, parecerlo. 
La mediación familiar es un juego a tres bandas. Fundamentalmente el padre, la madre y yo, que juego en el centro. Intento estar relajado, pero no puedo relajarme del todo. No hasta el punto de perder la concentración. No puedo bajar la guardia. No debo. En los sesenta minutos que puede durar  una sesión tengo que saber, intuir, cuándo deben hablarme sólo a mí, cuándo pueden hablar entre ellos,  cuándo eso puede derivar en una disputa que lo tire todo por la borda, cuándo dejar que se explayen y cuándo interrumpirlos, porque si no los interrumpo me dan las tantas y no hemos llegado a ningún acuerdo. Cuándo ser moderador o director. Cuándo ser exigente o  amable. Cuándo noble o villano. Cuándo es el tiempo de la risa y cuándo no toca. 
Cuándo y cómo estar sin estar.
Como educador social si me equivoco en una entrevista puedo corregirla en la siguiente. Como mediador, sin embargo, el tiempo para corregir el tiro es limitado. A veces no hay tiempo y te quedas con la palabra en la boca.
Si hablo con el padre o la madre, y eso es una de las diferencias fundamentales a las que me refería  antes, debo estar atento a cómo está reaccionando la otra parte. Si se está enfadando, si se está aburriendo, si está escuchando, si anota en un papel, si mira para otro lado, si resopla. Tengo que administrar los tiempos. Los suyos y los mios. Tengo que repartir mis atenciones, mis miradas. Equitativamente. Más o menos, sin volverme loco y sin parecer un robot. Pero ¿cómo no parecer un robot si tienen que llegar a acuerdos sobre pensiones de alimentos, custodias de los hijos o uso de la vivienda en unas cuatro o cinco sesiones?. ¿Cómo manejar los miedos, los odios, los amores, las  venganzas, las recriminaciones que salen todavía hoy (o precisamente porque es hoy) y hacer que, aún así, confíen en mí, confíen en ellos, y sigamos?. ¿Como vencer los favoritismos del mediador hacia una de las partes?.
Entreno, experiencia, concentración.
Energía. En la mediación tienes que ser Nadal o Federer casi más que el juez de silla. Automatizar algunos gestos, estar atento a todo lo que ocurre a tu alrededor sin olvidar que lo más importante es que tu golpe dé con la pelota en el campo del otro. Improvisar con agilidad sin perder el equilibrio. Ser rápido. Parar el juego si el juego lo requiere. Si eres Djokovic, eres bueno, muy bueno. Pero de repente te distraes, el padre se te levanta de la mesa y se acaba el partido. Digo, la mediación.
A veces el padre o la madre se levanta igual, aunque seas Nadal o Federer. Porque, por muy bien que juegues, si llueve llueve y sanseacabó. Por eso en el éxito o el fracaso de una mediación no sólo influye que tu hayas jugado bien, sino que las partes realmente quieran llegar a algún acuerdo o no quieran. Para tu desgracia, nunca acabas de saber hasta que punto esas dos cosas -que tú juegues bien y que las partes quieran llegar a algún acuerdo o no quieran- van unidas.
Por eso en mediación, a diferencia del tenis, es importante también el cómo, además del qué.