11.30h Pausa-café. Saludo a dos compañeras de trabajo que hace mucho que no veía. Estoy muy contento de verlas, pero si hablas demasiado corres el riesgo de perderte lo mejor de la bollería, así que procuro llevar a mis conocidas cerca de las mesas donde se agolpan las viandas. Donuts de chocolate, croissants, zumos, café. Es complicado desayunar de pie, manteniendo el equilibrio: en una mano el café, en otra el donut, la carpeta en el sobaco y el bolso colgando del hombro. Porque casi nadie deja el bolso dentro, aunque se trate de un auditorio lleno de profesionales de la educación, la psicología y el trabajo social.
[A las 12h Pepe Adelantado, sociólogo, se pronuncia en contra del copago de servicios, o eso tengo apuntado en mi Moleskine, y asegura firmemente que el mercado de trabajo es nuestro competidor. Creo que se equivoca, pero estoy en la grada superior y pedir el micrófono para intervenir es una odisea. Una excusa como otra cualquiera para permanecer calladito. Además soy un poco cobarde para estas cosas. Isabel Vidal, profesora de economía recién llegada de Atlanta, dice que mientras el presupuesto de las organizaciones sin ánimo de lucro dependa el 50% del Estado no anirem bé. ]
En los turnos de preguntas, restando a las que están interesadas realmente en el debate y a los valientes, es donde algunos estereotipos se dejan ver. Está el que le gustaría estar en la mesa, con los invitados, y no aquí abajo como el común de los mortales. A los cinco minutos todos esperan oír su pregunta en vano. O la que pregunta algo que no entiende ningún invitado. O el que pide, cuando todos los estómagos de la sala están al borde del colapso, que le gustaría que uno de los invitados, que suele ser el más pesado, amplíe su explicación. ¡Noooo! ¡Por Dios!. Aún así, hay que reconocer la valentía para levantar la mano y pedir el micrófono.
En realidad el debate entre 500 es imposible. Es curioso que los seis o siete que están en la mesa no debatan entre ellos y ellas. El único debate posible. Hacen su exposición de diez minutos y apenas discuten. Quizás todos opinen lo mismo, o quizás sea una norma de cortesía. No lo sé. Sea como sea, va en detrimento del espectáculo.
Al final alguien entre el público carga contra los políticos. ¿Dónde están los que pueden dar soluciones?.Un clásico. Eso digo yo, ¡compañero!, ¡¿dónde, dónde?!. Ovación cerrada. Ya nos podemos ir a comer.
Al día siguiente yo diría que la gente viene más relajada, como en casa. La mayoría repite lugar, una reminiscencia de la etapa escolar, supongo. En la mesa sobre "Estrategias Profesionales" aguardan tres psicoanalistas, dos trabajadoras sociales, una mediadora intercultural y una educadora social.
14h. Después de la actuación comemos en un hotel cercano al auditorio. Ensalada de primero, y un bacalao delicioso de segundo. Rafa tiene tanta hambre que toma el postre por el tercer plato, y se decepciona cuando le saco de su error. Comemos acompañados por algunas profesionales que han organizado las jornadas. Una gente encantadora. Nos entretenemos tanto que tenemos que salir pitando, porque a las 15h nos toca estar en una mesa.
[Las jornadas han estado muy bien organizadas. Respecto a los contenidos, me he perdido bastantes cosas porque he estado pendiente de nuestra representación, así que este pequeño resumen es injusto. Leasé en todo caso como percepciones personales más que como conclusiones.
Si la ciencia es denostada, otro tanto pasa con la tecnología. Para las 8 Jornades de Serveis Socials Bàsics, las TIC, , la globalización de la información, o los cambios que están produciendo herramientas como Faccebook o Twitter en la manera de relacionarse de las personas no han existido. Nada. Ni un comentario.





