miércoles 27 de octubre de 2010

ENTREVISTAR A ALGUIEN (3) El CIGARRO

Entrevistar no es exactamente lo mismo que interrogar. Aunque a veces sí que lo sea. Conozco a educadores que cuando se ponen dan miedo. A veces, incluso, he oído a profesionales que se han puesto de acuerdo en en que uno haga de "poli bueno" y el otro de "poli malo" en la entrevista. No me negarán que nuestro oficio se alimenta a veces del cine. Mientras uno reparte hostias al entrevistado, el otro le ofrece un cigarro: canta chaval, que este tío te va a matar.
Además, como ahora, por necesidades imperiosas, hay una regresión hacia lo asistencial (no seré yo el que reniegue de lo asistencial ni le ponga eufemismos que lo maquillen), y como, además, la administración no tiene ni  un duro, pues hay cierta presión  para que descubramos el fraude en algunos usuarios que piden ayudas. Nadie sabe nunca sí hay mucho fraude o no lo hay, pero es  duro que alguien te mire tu informe social y te diga, con cara de perdonavidas: te la han vuelto a meter doblada, nen.
 En nuestro departamento de I+D estamos ideando una silla de la verdad, para hacer algunas entrevistas. Sencillita. Cuando el usuario diga: "en mi casa no tengo  televisión de plasma", o "no me he tomado una cerveza en el bar en los últimos diez días", por decir algo,  y la máquina determine, con voz cavernosa: "ESO ES........MENTIRA" (sí, sí, la máquina está tan bien parida que tendrá sus segunditos de suspense, como en la tele) , cuando la máquina determine que el usuario está mintiendo, digo, le soltará una descarga del copón, de  tropecientosmilvoltios, o así,  que lo dejará frito y sin ganas de volver a engañarnos.
A mí la maquinita me irá de muerte, porqué, verán, yo es que cuando estudié nadie me preparó para descubrir según qué cosas. ¡Que va!, mucha pedagogía, mucha empatía, que si el Freire y el Pestalozzi, pero, joder, de retorcerle el brazo a alguien hasta que cante la Marsellesa, nada de nada. Y ya hubiera molado, ya. Pero es que en la universidad te engañan. No te preparan para  lo que te viene. Por eso se me da fatal. Que está bien que si hay fraude  se descubra ¿eh?. Otra cosa es que yo sea capaz de hacerlo, que soy tan ingenuo que me creo todo lo que me dice el entrevistado. Y si me traen papeles, nóminas o declaraciones de renta ,  pues entonces ya caigo rendido a sus pies. Incapaz de ir más allá, me lo trago todo. Me engañan , fijo. Como sabueso soy un perfecto inútil.
En fin, a ver si me viene alguien de prácticas y le pongo con el botón de las descargas, que a mí me da no sé qué. Según el experimento de   Milgram, seguro que cumple las órdenes de una autoridad deontológica y epistemológica como yo.
 Y si no, lo suspendo, tú, por escrupuloso.

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ALASKA EN GIRONA





miércoles 20 de octubre de 2010

ENTREVISTAR A ALGUIEN (2). EL WHISKY.

Alaska, 20 de octubre de 2010,
Una entrevista, ya lo he dicho en algún otro momento, empieza mucho antes de que el entrevistado entre en mi despacho. No es sólo la preparación previa, mirar el expediente, saber qué información se quiere transmitir, si es que no se trata de la primera visita. Todo eso. Es también la preparación del espacio. Una mesa llena de cosas puede arruinar una entrevista. La mía, hoy, -teléfono, ordenador, teclado, botella de agua, botecito para bolis, mouse, dos móviles, libreta- es una invitación al fracaso. 
Y está la posición. Esta mesa  tiene unos cajones a la derecha que me obligan a sentarme siempre escorado a la izquierda. La pantalla del ordenador, por una cuestión de cables, está situada a la izquierda de mi mesa, lo cual es cómodo para que yo escriba (recuerda: me siento a la izquierda) pero obliga siempre al entrevistado a sentarse a mi derecha, para no quedar tapado por la pantalla. Con lo cual siempre que hablo, lo hago cruzado al entrevistado (donde la palabra cruzado significa lo que tú, lector, quieres que signifique). Como cuando en un restaurante dejas la chaqueta en la silla que está enfrente de tu acompañante y te sientas en la otra. Es raro y entorpece la comunicación, por eso te apresuras a corregirlo.
También he comentado, en alguna ocasión, la importancia de utilizar accesorios en entrevistas difíciles o comprometidas. Caramelos, agua, folios para el entrevistado, etc. Cuando hago mediaciones familiares lo tengo muy en cuenta porque sé que pueden darse situaciones tensas. Ofrecer agua a los entrevistados  no es sólo una cuestión de cortesía. Sirve también para administrar los tempos, para relajar, para coger aire. Es un tiempo muerto cuando la situación se nos va de las manos. Es cambiar de tema. Y es remojar el gaznate, por supuesto, cuando las cuerdas vocales de nuestro entrevistado están a punto de quemarse y sus sienes van a estallar.
Es también administrar el silencio. Es ese, ¿le sirvo un trago?, que tanto hemos visto en las pelis, cuando  el prota llena parsimonioso el vaso de whisky, mientras va pensando en su réplica.


Una entrevista es una cosa tremendamente delicada. A veces uno no sabe porqué se va al garete cuando parecía que lo tenias chupado. Sólo cuando se cierra la puerta y miro exhausto a mi alrededor, percibo los pequeños detalles de la derrota. Hoy no eras tú. Ni él, ni ella. ¡Era la mesa, idiota!.
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2.0

La gente (¿quién es la gente? me pregunto siempre que abuso del concepto) tiene ganas de participar. Hace poco colgamos este artículo de El País, El Senado propone sacar a los más pequeños de los centros tutelados, en el facebook del CEESC, que ha originado  un interesante debate. También en el blog del CEESC estamos preguntando a los educadores por temas como las funciones o los sueldos. 
El 2.0, lo que quiera que eso signifique, permite intercambiar impresiones rompiendo las distancias y el corporativismo. Inaugura una forma de comunicarse entre profesionales que no tiene vuelta atrás, aunque ahora sólo estemos utilizando el 1% de sus posibilidades.

martes 12 de octubre de 2010

ENTREVISTAR A ALGUIEN

Alaska, 12 de octubre de 2010,
Dice la periodista Janet Malcolm en  El periodista y el asesino, que cuando alguien nos entrevista sentimos tal fascinación que acabamos bajando la guardia, aunque sepamos que la información que damos puede girarse en nuestra contra. Malcolm se refiere a la relación entre entrevistado y periodista, pero su análisis de esta relación guarda muchas similitudes con aspectos de nuestro trabajo. El entrevistado suele contarnos, también a nosotros, muchas más cosas de las que le preguntamos.
Cuando estudiaba educación social se insistía en que el usuario se abre ante nosotros en nuestra calidad de profesionales. Es decir, nos cuenta cosas porque confía en una opinión cualificada y en la promesa de confidencialidad.
Seguro que sí. Pero hay algo más. La fascinación que todo entrevistado siente. Algo que cualquiera que haya estado al otro lado conoce. Un hombre o una mujer  te escucha, pregunta, se interesa exclusivamente por ti. Es tu media hora y la vas a aprovechar. Cualquier educador social que ha experimentado una terapia personal, o una entrevista con un profesional por motivos familiares, sabe que de nada le sirven los códigos que conoce. Quizás en algún momento intuya por donde van a ir las preguntas o reconozca los tics que él mismo utiliza en su trabajo, pero inmediatamente adapta el papel de entrevistado y se rompen sus defensas. 

El entrevistado no tiene conciencia de que, antes que él, han pasado quizás ya tres o cuatro personas por el despacho. No importa. El momento es único, totalmente suyo. Cualquier entrevistado se convierte en un ser egoista que viene a absorber por completo al profesional. Eso convierte a la entrevista en una transferencia desigual. Porque al entrevistador, que si que sabe -y siente- que ya es la cuarta entrevista del día, le cuesta mantener la motivación y el entusiasmo que intuye en el otro. 
Entrevistar es agotador. Mientras que el usuario te supone en un rol determinado -digamos que espera de ti profesionalidad, cosa que debería incluir una cierta empatía, simpatía, atención, etc- tú intentas cumplirlo a la espera de lo que te vas a encontrar . Un carrusel de emociones por donde van pasando enfados, tristeza, alegría, caras agotadas, desencantos, aburrimiento, dolor. Hay algunos momentos peligrosos de la entrevista en los cuales, por cansancio y acumulación, el rol ya no te salva. Es cuando escuchamos y rebatimos  desde el implacable Yo. En esos momentos la magia de la entrevista se rompe, porque para el entrevistado  pasas de ser la persona amada  que escucha, a la persona odiada que juzga.

¿Y cuando pasamos la entrevista al papel?
Dice Malcolm que "el cuento del entrevistado y del escritor es el cuento de Scheherezade con un mal final: en casi ningún caso la persona entrevistada logra, por así decirlo, salvarse". Cuando el periodista apaga su grabadora, transforma todo ese discurso a veces sin sentido, en la construcción de un personaje que debería de parecerse lo más posible al personaje real. Pero lo cierto es que casi nadie cuando se lee, se ve reconocido en una entrevista.
También nosotros transcribimos la entrevista a programas informáticos. ¿Qué queda en ese paso de la persona que estuvo hablando con nosotros? ¿En qué se parece al personaje que hemos creado?. ¿Cuanto hay de nosotros en los informes? Por muy objetivos que queramos ser, los informes siempre buscan un orden, un equilibrio, un lugar donde los personajes actuan con una cierta lógica. Pero la vida real es un caos, y las personas de carne y hueso son muchísimo más complejas que en nuestros informes. Así que, inevitablemente, acabamos construyendo un mundo entre la realidad y  la ficción.
Quizás días después, en un ejercicio de supervisión, el caso sea expuesto ante profesionales que leerán la historia y tomarán sus conclusiones. Pero, ¿quién de nosotros se vería reconocido en un informe de servicios sociales?
Quizás la imposibilidad ontológica de crear personajes totalmente fidedignos nos ayude a ser más prudentes. Juzgar sólo los hechos y evitar algunas interpretaciones.
Quizás es que nuestra profesión tiene mucho de imposible.  

Ilustración: C.J. Burton.

jueves 7 de octubre de 2010

BARCELONA-MADRID (DIARIO DE GIRA)





 por Rafa Sánchez.

No sé si el universo se expande ("¡el universo se expande pero esto es Brooklyn, ¡no se expande!", le decía la madre al pequeño Woody Allen en Annie Hall), pero este fin de semana sí que se ha expandido, alargado, ensanchado. Es como si hubiese estado un mes fuera de casa. Lo notas sobre todo al volver, al abrir la puerta y notar casi por primera vez el olor característico de tu casa, ese que solo conocen los extraños o los que la pisan por primera vez. Y todo está sigiloso, esperando la mirada que lo devuelva a la vida otra vez.

El viernes, actuando en el Almazen, con un equipo humano excelente y con una sala que es la sala del Alaska. Os recomiendo ver el espectáculo allí, en ese coliseo de bolsillo. Por cierto, no os perdáis la Pizzeria La Verónica, en la rambla del Raval (uno, secretamente, se dedica a esto para descubrir estos placeres) y su espectacular pizza de espinacas. Y si no que se lo digan a mi hermano Sera.

Y el lunes en Madrid, en el magnifico centro cultural de la Casa Encendida, en la presentación del Colegio de educadores de la Comunidad de Madrid. Fue emocionante. Me encantó un comentario en el libro de gira: “...por cierto tienes una voz preciosa”. Es una pequeña vanidad por mi parte, pero ahora que ando preocupado por que la voz me está cambiando -en serio, se me está poniendo la voz del cantante de Aerosmith, salvando las distancias, claro- y andaba yo preocupado y esto, pues, me subió la moral. Y otro apunte gastronómico: en Lavapies, la librería (tienen web). Pues eso, con libros, sofás, salmorejo, pan de centeno, aceite excelente, gente encantadora...
Ay!-con suspiro final- los placeres de la vida.
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Próximas actuaciones:
15 de octubre. Lleida. Teatre l'Escorxador.
1 de novembre. Girona (La Planeta).
12,13 i 14 de novembre. Granollers (Teatre de Ponent)
+ info
Foto: el traje de Quique.

martes 5 de octubre de 2010

BLANCO & NEGRO

Alaska, 5 de octubre de 2010,

Estos días he estado opinando y debatiendo, presencialmente y on line, algunos temas de la actualidad. He comprobado que el debate online no tiene que ser siempre el griterío que suele ser. A veces es una conversación ordenada. La gente se escucha, lee y propone argumentos.
A eso iba, a los argumentos. Hay una tendencia, que creo que se acentúa en profesiones como la nuestra, a considerar los temas como compartimentos estancos, sin fisuras. Aparentemente los trabajadores de lo social tenemos un discurso abierto y tolerante, pero cuando se trata de adaptar ese discurso a nuestro lugar profesional nos volvemos monolíticos. Es cierto que una de nuestras frases fetiche dice "no sólo hay blancos o negros, también hay grises", pero muy a menudo la frase sirve para relativizar todo y no escoger color alguno, en lugar de para posicionarse (optar por el gris, por ejemplo).

En los debates en los que he participado acerca de la expulsión de los gitanos en Francia esas posiciones monolíticas lo enturbiaban todo. Los profesionales de lo social se colocaban mayoritariamente del lado del buenismo: los campamentos en Francia son sólo una forma de vida, o, el problema es que no entendemos la cultura gitana. Los argumentos de sus contrarios pegaban entonces por el lado que más duele: alguien tiene que velar por el orden, o , ¿porqué no pones un campamento de esos al lado de tu casa?. Vistas las cosas, era muy difícil conducir el debate a la cuestión principal: la Europa que queremos construir. Porque uno puede reconocer sin tapujos que está a favor de desmantelar campamentos ilegales donde no se den unas condiciones de vida dignas. También puede defender que se aplique la ley con toda su contundencia a aquellos que no la cumplan, sin coartadas culturales o religiosas que valgan, y, a la vez, mostrarse en desacuerdo con una Europa que expulsa a sus propios ciudadanos, y además lo hace por motivos racistas. Cuando las posiciones teóricamente progresistas piensan que defender la ley y el orden son cosas de la derecha ya han perdido la batalla. Y, lo más peligroso, alimentan los discursos más xenófobos y racistas, que necesitan pocas razones para desatarse.

Hay muchos ejemplos de posturas políticamente correctas que comprometen la convivencia. Hace años muchos técnicos dedicados a temas de inmigración condenaron las caricaturas de Mahoma. Pensaban que defender la libertad de expresión y defender a la religión eran opciones incompatibles y optaron por la segunda, que era la más políticamente correcta según su rol profesional. Supongo que no pensaron ni por un momento que con esos ataques a la libertad de expresión reforzaban las posturas más radicales.
Ha vuelto a ocurrir, aunque ahora no ha tenido nada que ver con la libertad de expresión, con ese personaje americano deseoso de fama que proponía la quema de ejemplares de El Corán. Por supuesto que la propuesta se merecía nuestra más absoluta repulsa, pero pocos han sido los que han dicho, con la misma contundencia, que se trata de la misma repulsa que nos merece alguien que esté dispuesto a matar por la quema de un libro.

Solemos pensar que ser críticos con algún matiz, en un tema en el que estamos generalmente de acuerdo, es traicionarlo. Pero si no ponemos acento en el matiz, nuestros interlocutores, menos sujetos a las convenciones políticamente correctas, lo aprovecharán como prueba de que sus argumentos son mucho mejores.

En servicios sociales es difícil discutir sobre aspectos muy sensibles para la ciudadanía como la inmigración, la igualdad entre hombre y mujer, la violencia, o la pobreza, por ejemplo. La posición oficial marca una línea clara entre lo que puede decirse y lo que no. Pero hay temas tan transversales que eso comporta a menudo serios problemas de coherencia. En el debate sobre la prohibición o no del burka en los espacios públicos, por ejemplo, muchos profesionales de Igualdad no apoyan decididamente la prohibición, aunque esa sería la postura consecuente con la defensa de los derechos de las mujeres, porque significa entrar en conflicto con el posicionamiento oficial de los profesionales de Inmigración, tendentes a relativizar cualquier abuso cultural en nombre de la convivencia.

Es difícil elaborar un discurso propio sobre cómo abordamos los problemas sociales si estamos atados de pies y manos. Pero si ese discurso no lo elaboramos nosotros, los ciudadanos lo buscarán en princesas del pueblo y en políticos oportunistas. Con su demagogia y su cinismo.